Yo confieso: ser gay, creer en dios y sobrevivir al espanto

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La vida de Joz Torres transcurrió en el seno de una familia evangélica para la que dios era el día, la luz y la noche. Los fundamentos de vida estaban escritos en la biblia y de esas reglas no había que apartarse. Para sobrevivir, Joz aprendió a cuestionar su fe, a defender su amor y su orientación sexual por sobre todas las cosas. ¿Existía realmente ese dios castigador, machista y homofóbico? Él estaba convencido que no, que el dios en el que cree no podía ser aquel que lo confinara a la soledad, la amargura y la muerte por ser gay. La batalla ha sido dura. Este es un testimonio que cuestiona y, a la vez, promueve una fe para algunos incomprensible, una historia que nos enseña que no hay nada absoluto. Ni siquiera dios.

1 de enero del 2012. Un joven corre por las calles del distrito de Los Olivos, con su ropa deportiva, no lleva ni mochila, ni dinero, solo su rabia y su dolor; avanza a velocidad y en ciertos tramos grita. No dice nada solo grita, aprovecha que es feriado, primer día del año y no hay mucha gente. Corre incansable cerca de 10 kilómetros hasta llegar al aeropuerto. Esa no era la meta, solo terminó allí. Ese chico es Joz Torres, ese Año Nuevo tiene 22 años. Ha escapado de casa.

Antes de huir por las calles, tuvo una discusión en casa con su madre. Ella no lo dejaba salir a correr porque creía que se encontraría con alguien, un hombre, no uno en especial, podía ser cualquiera. Intentaba que su hijo cambie, que no sea gay. Lo tomó del brazo fuerte, él trató de retirar la mano de su madre y cayó al suelo. “Desde allí la vi gigantesca, llena de odio queriendo darme una cachetada o un manazo. Me levanté del piso y mi papá que escuchó los gritos vino corriendo. Me dije ‘esto ya no va más’, y salí corriendo”.

Una semana antes Joz había tomado valor después de una vida de tortura, de preguntas sin respuesta desde los 13 años, de culpa, de odio a sí mismo, finalmente había decidido hacer una vida con Arnaldo, su novio, irse a vivir juntos y ser felices. “Mamá, papá, soy gay”, les había dicho aunque la verdad es que el anuncio no fue tan fácil, las palabras se le atoraban en la garganta. “Mamá, papá, soy… g… g… gay”, había sido la frase casi original tras tragar saliva. Las lágrimas no cesaban, la idea de ser una vergüenza o una decepción para su familia lo atormentaba, la idea de fallar al dios en el que creía lo azotaba.

–Mis padres habían invertido mucho en mi crianza de relación con dios. Yo pensaba que mi mamá se iba a poner a llorar y que mi papá que es militar me iba a decir: ¿por qué eres así?, pero sucedió todo lo contrario; mi papá se puso a llorar y mi mamá estaba molesta. Me dijo: Es tu culpa porque has permitido que el demonio entre a tu vida y los has conservado, por eso eres gay. Tienes una enfermedad que dios puede quitarte. Tú no eres gay, tú eres mi hijo, tú eres heterosexual.

Joz no se quedó callado. “Mamá cómo puedes decirme eso si yo no siento amor por una chica, siento amor por un chico”, trataba de razonar.

Su madre empezó a citar pasajes de la biblia que suelen leer en la iglesia evangélica a la que iban. Frases del tipo ‘dios creó al hombre y la mujer’, la biblia dice que ‘es maldito el hombre que se acuesta con otro hombre como si fuera otra mujer’.

El castigo vino como represión. Joz no se rebeló, sentía culpa de ver a sus padres afligidos. Desde entonces Joz tenía que llegar a casa directo de la universidad, su madre lo esperaba en la puerta, tuvo que entregarle su celular para que ella supiera con quienes andaba, no podía ver a su novio ni a sus amigos. La regla fue estricta. Se levantaban a las 5 de la mañana, oraban, Joz se arrodillaba y la familia completa le hacía una imposición de manos para intentar trasmitirle una energía que pudiera cambiarlo mientras rezaban. Debía ir a la iglesia y leer la biblia todos los días en las horas indicadas.

“Mi mamá se volvió una psicópata. Me encerré en mi cuarto molesto porque no me estaba considerando como su hijo sino como un enfermo, un loco”, cuenta.

Todos los días había discusiones en casa. Él trataba de que su madre entendiera que no iba a cambiar, que dios lo había hecho gay. Ella no aceptaba, lloraba y a él se le estrujaba el corazón. Así pasaron los días hasta que la intolerancia explotó. Huir fue la única salida.

JOZ-TORRES-gay

 

“SATANÁS ESTÁ EN TI”

Desde los tatarabuelos hasta sus padres, el cristianismo se entendía como un legado. En la iglesia evangélica las enseñanzas estaban destinadas a formar ciudadanos fieles, santos, íntegros, a recibir a dios y a Jesús en el corazón. Pero esas palabras que parecen hermosas también encerraban otros significados.

“Para un chico gay la iglesia evangélica es un clima hostil”, sostiene Joz. Y agrega: “Ser gay es mal visto, consideran que un espíritu malo, un demonio, Satanás, está en ti y hay que arrepentirse”.

Joz se había descubierto gay a los 13 años, lo supo cuando sintió admiración, encanto, atracción y amor por otros chicos. Y así de intensa también fue la culpa.

“Llegaba a mi cuarto y me preguntaba ¿dios, qué estoy haciendo? Lloraba todos los días. Mi primer shock fue darme cuenta que me salía de un camino de vida que me habían enseñado”.

Para Joz era natural ir a la iglesia evangélica, necesitaba sentir a dios en su vida, incluso aún habla de continuar lo que considera un contacto espiritual. En casa no era una regla ir a misa, era una costumbre aprendida. Lo normal era ir lunes, martes, miércoles, jueves… todos los días.

–Cuando iba a la iglesia me sentía con una mancha. Siempre me preguntaba por qué dios me había hecho gay, por qué justo a mí que mi familia era cristiana, le exigía respuestas a dios, estaba molesto.

A los 16 años, cuando ingresó a la universidad, Joz encontró un ambiente más flexible. Conoció a otros gays que pasaban lo mismo que él, que provenían de familias disciplinadas en la religión. Se dio cuenta que había un mundo, su comunidad LGTB, gente con valores, que amaba como los demás.

“Entendí que para mí debía ser normal ser gay y fui aceptándome aprendiendo de mis amigos”.

En la universidad también aprendió a desafiar la homofobia. Sus amigos decían que los gays eran promiscuos, sucios, que eran enfermos y debían morir. Joz se tragaba la cólera hasta que un día lo dijo: “¡Cállense porque yo soy gay y lo que dicen está mal!”. Unos guardaron silencio, otros dejaron de ser sus amigos.

EL AMOR REFUERZA


Cuando tenía 18 años, Joz se enamoró por primera vez. El hombre que deseaba se llamaba Franck, lo conoció en la universidad en los estudios de arquitectura. La primera vez que cruzaron palabras le encantó su sonrisa. Iniciaron una relación por Facebook, un día le dijo: Te quiero, y Joz quería morirse de la emoción. Así estuvieron varios meses, lo que reforzaba sus sentimientos, hasta que volvió a Lima y se despidió de esa relación. Hubo tiempos de profunda desolación aunque también liberadores. La familia se mudó a Tarapoto, en la selva de Perú, y luego a Piura, al norte. Joz se quedó en la primera ciudad durante un año, donde conoció a Joao, un amigo gay que le enseñó que la tristeza y la alegría son parte de la vida y que uno debe ser siempre sincero y transparente. Le hizo pensar en la hipocresía, en su miedo a salir del clóset.

Aquella fe que es una constante en la historia de Joz tuvo un momento decisivo, de quiebre. La culpa por ser gay lo puso al filo de la muerte. Estaba cansado de preguntarse ¿por qué yo? Si su familia sabía que de su orientación sexual solo causaría decepción. Se mortificaba recreando la escena en la que sus padres, sus tíos, sus abuelos le decían que era una deshonra. Y lo peor, sentía que era un fracaso ante dios. Salió a la calle, caminó hasta que se detuvo en un puente, estaba a punto de saltar. De pronto, escuchó una voz. “¿Qué vas a hacer?”, le dijo un joven que pasaba por el lugar y lo agarró muy fuerte. Joz no intentó una respuesta, regresó a casa. En un segundo, toda su fe se había perdido, la culpa casi le gana la batalla. Pero eligió vivir.

Después de Tarapoto, Joz retornó a Lima. Tenía 19 años y se enamoró de Moisés. Quería arriesgarlo todo, incluso se rehusó a ir a la iglesia para dejar de sentirse mal, siguió estudiando en la universidad. Y otra vez el bajón.

“Un día le dije: Moisés, no podemos continuar, por más que te quiero, el amor por ti es mucho menos que el amor que siento por dios. Salí de su casa, empecé a llorar por la calle, golpeaba todo lo que encontraba, hasta las manos me sangraban”.

A los 23 años (ahora tiene 26), Joz conoció a Arnaldo y se mudó con él. Decidió ya no preguntarse por qué era gay. Un año después dejaría el clóset.

“Si siguiera con mi familia, aún estaría sometido a la autoridad de dios, con todos los pastores imponiéndome disciplinas para cambiar. Podría haber llevado una doble vida solo por complacer a todos, pero cuando salí de casa sentí alivio de pensar que yo conozco a un dios que no ese que dice la religión”.

CONFERENCIA PARA CAMBIAR


Una vez lejos, el amor de la familia también cambió, o mejor dicho, se puso a prueba. El último 27 de diciembre visitaron a Joz y a Arnaldo en su casa. Cenaron, conversaron, aunque hubo cierta tensión esta se superó. Ahora es posible que su madre le diga: salúdame a Arnaldo. Sus hermanos también participan, se muestran respetuosos.

De vez en cuando su madre aún intenta convencerlo de cambiar, pero ya no con la misma vehemencia. Un día le dijo que la acompañe a un evento, se trataba de una conferencia para convertir gays en heterosexuales.

–Un expositor explicaba por qué supuestamente la gente es gay, su argumento era que la mayoría ha sido víctima de abuso sexual o porque sus padres, sobre todo el padre, no les prestó atención. De las mujeres lesbianas no sabían qué decir. Una chica preguntó por qué existían las lesbianas y le contestaron que no tenían fundamentos para explicarlo porque ser lesbiana era más complejo que ser gay. Al final le dijeron que psicológicamente iban a estudiar mejor esos casos pero la conferencia solo era para hablar de homosexuales hombres. Yo no hacía mucho caso, cuando volteaba para ver a la gente, veía a muchos chicos gay que eran miembros de la iglesia a la que yo iba.

Entonces, dice Joz, su mamá se dio cuenta que no podía cambiarlo. Uno de sus temores era verlo prostituirse. Aquella vez que escapó de casa, ese inicio de Año Nuevo, ella lo buscó en la plaza San Martin en el Centro de Lima donde muchos chicos intercambian sexo por dinero. Eso le preocupaba, pero ahora sabe que él está bien, que es querido, que trabaja, que estudia, y que nada de ese chico que crió ha cambiado.

La vida de Joz ahora ya no tiene preguntas tortuosas, su necesidad del dios en el que cree sigue siendo fuerte, pero lo vive a su manera y no se deja llevar por discursos de odio de algunos pastores; planea ir a la iglesia evangélica con su pareja aunque los demás hablen mal, incluso está preparado para que le cierren las puertas. De su orientación sexual ya no reniega, las cosas están claras para él, el amor no es sinónimo de culpa. Ahora solo hay respuestas que le alivian la vida y lo hacen feliz.

Fotos: Cecilia Castillo

Vía Sinetiqutas.org

 

Artículo de opinión: Orbitagay no se hace responsable por conceptos y/o juicios emitidos en este y otros artículos de opinión, los cuales, son responsabilidad de sus autores

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