SIDA de Venezuela hace recordar el SIDA de los años 1980

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En el mayor centro de tratamiento del VIH del país, casi todos los pacientes están en la misma situación: contrajeron infecciones oportunistas, en una situación descrita por médicos como similar o incluso peor que hace tres décadas. Las manchas negras en formatos circulares se apoderan de los brazos y de las piernas finas de Alejandro Ortega, de 21 años. Cubren sus manos, sus pies, su cara, como si fueran pequeñas cicatrices de heridas mal curadas. “No se preocupe, no son contagiosas”, dice, al extender la mano.

Las marcas son de una infección causada por hongos presentes en las palomas urbanas, tan comunes en cualquier ciudad, explica el médico que lo atiende en el Hospital de la Universidad Central de Caracas. “Son inofensivos para la mayoría de las personas, pero para un VIH positivo como Alejandro, que no toma antirretrovirales por meses, puede incluso ser fatal”, explica el médico con una franqueza dura ante el resignado paciente.

El cuerpo delgado, el rostro cadavérico, la piel manchada. Todo en Alejandro recuerda a un paciente de VIH de los años 80, tan pronto como la enfermedad surgió, devastadora. Sus manchas son un recuerdo sombrío de cuando muchas víctimas del sida eran acometidas por el sarcoma de Kaposi, un tipo de tumor maligno que se hizo prevalente entre los primeros homosexuales que fueron infectados por el virus.

“Parece, pero no es, se trata sólo de una infección de piel, incluso”, dice el joven médico que presta atención a Alejandro y que prefiere mantenerse en anonimato para no tener problemas con el gobierno.

El joven venezolano está internado con otras dos decenas de pacientes con VIH en este que es el mayor centro de control de la enfermedad en Venezuela. Casi todos están en la misma situación que él: contrajeron infecciones oportunistas por estar sin tomar el cóctel de medicamentos que transformó el sida en una enfermedad crónica en este inicio de siglo.

“La situación de buena parte de los pacientes con VIH positivo hoy en Venezuela es similar o tal vez incluso peor de 30, 35 años atrás”, cuenta, sin miedo a represalias, el jefe de la clínica de VIH / SIDA del Universitario de Caracas, Martin Carballo.

Hace casi dos años, cuando la crisis venezolana comenzó a ganar contornos de tragedia humanitaria con la caída repentina del precio del petróleo, el gobierno inició un lento pero continuo proceso de reducción en las importaciones de medicamentos en el país.

Los primeros afectados fueron los medicamentos más simples, después, antibióticos, anti-inflamatorios y medicinas de uso controlado. El año pasado, pacientes de enfermedades crónicas y que necesitan medicamentos de alto costo pasaron a sufrir con el corte en el suministro de esos medicamentos.

Los pacientes con VIH tuvieron los primeros problemas en la distribución del cóctel a finales de 2016, pero el año pasado la situación se agravó de manera crítica. “Es una tragedia, porque sin el cóctel esas personas tendrán como destino la muerte, la letalidad es del 100% y en este momento estamos con algunas drogas que falta hace más de cuatro meses, a veces seis meses”, cuenta Carballo.

Hace unos meses los médicos del Universitario de Caracas entraron en un dilema ético importante. Algunos de ellos defendían que no habría por qué recibir nuevos pacientes de VIH en estado grave ya que no había tratamiento para ellos. Además de la falta de los antirretrovirales, hay escasez de absolutamente todo en el hospital: de cosas tan simples como guantes o agujas, hasta antibióticos o analgésicos.

“Mira, esa es una situación límite, ni siquiera ayudar a las personas a morir con alguna dignidad estamos logrando, no tenemos nada aquí más allá de nuestra buena voluntad y de nuestro conocimiento médico. Pero eso es poco, muy poco cuando necesitamos pedir que los pacientes traigan hasta agua potable de casa “, dice la jefa de Infectología del Hospital de la Universidad Central de Caracas y ex presidente de la Sociedad de Infectología Venezolana. “Estamos viviendo una tragedia.”

Jorge no habla más. La mirada queda la mayor parte del tiempo fijado en algún punto de la habitación, siempre iluminado por la luz tropical caraqueña. Una fina sábana lo cubre y, por la contraluz, es posible ver las piernas increíblemente finas y el largo pañal geriátrico que lo viste. Su cara también es cadavérica y la boca reseca está siempre abierta.

“Él está muriendo, acabó, mataron a mi hermano”, dice Sol Reyes. Esta es la tercera internación de Jorge en los últimos ocho meses. Desde que las drogas del cóctel anti-SIDA comenzaron a faltar, su caída fue rápida. “Él está enfermo desde hace muchos años, tuvo caídas, recaídas, nunca estuvo con la salud plena, pero ahora fue simplemente devastador”, dice ella, alejando una mosca que insiste en posarse sobre la frente del hermano inmóvil. Sol sabe que todo está llegando al final, pero no está resignada.

“Compré todo, los pañales, los remedios para disminuir el dolor de él, la comida que él come, mi Dios, hasta el agua que compré,” dice, hasta el cloro para limpiar el suelo de esta habitación, yo lo he traído. .

Las historias como la de Jorge y Alejandro tienden a repetirse con más frecuencia en un país en que los métodos de protección anticonceptivos prácticamente desaparecieron del mercado o se volvieron demasiado caros para los venezolanos comunes.

Desde el 2016 el gobierno del país ha suspendido la distribución de condones entre la población, y el precio de los preservativos en las farmacias puede llegar con facilidad al equivalente al 20% o 30% del salario mínimo.

“Es un problema serio en el país hoy, simplemente no hay otra política de control de natalidad y las enfermedades venéreas se están extendiendo por el país de una forma que aún no tenemos idea, el gobierno no divulga ningún dato oficial desde hace más de dos años “, cuenta Nubia Laguna, de la ONG Niña Madre, que da apoyo a adolescentes embarazadas.

En las filas del servicio ambulatorio del Universitario de Caracas es posible ver los resultados prácticos de este problema. Son decenas, unos días hasta más de un centenar de personas buscando tratamiento en el hospital. “Antes yo recibía de cinco a diez pacientes con sospechas de ser VIH positivo por semana, hoy recibo el doble de eso, por día”, cuenta Landaeta.

Y ahí, un nuevo problema. El hospital ya no cuenta con los reactivos para hacer los exámenes. “Difícilmente algún venezolano va a poder descubrir si tiene sida en el sistema público, aquí no hay, hay que pagar”, dice el clínico general David Flora, también del Universitario. “El problema dijo es que, sin saber si el paciente tiene la enfermedad, cuál es su carga viral, en fin, en qué estado está, no conseguimos ni al menos iniciar el tratamiento”, afirma.

Alejandro sabe que su tiempo está acabando. Sin los remedios, no hay mucho que hacer. “Mi miedo es llegar a un punto en que no hay más vuelta, en que mi cuerpo ya no se recuperará”, dice, recordando a los compañeros del barrio que se han ido en las últimas semanas. “Yo siempre veo a la gente morir aquí y soy muy nuevo, quiero vivir y sé que puedo vivir.”

En los días más duros de su larga espera para golpear las infecciones y conseguir, en fin, retomar el tratamiento, se aferra a la Biblia. Su pasaje preferido es Jeremías 33: 6: “He aquí que yo traer a ella salud y sanación, y los sanaré, y les mostraré abundancia de paz y de verdad”.

Vía accsi

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