Sexodiversidad cuentan su infierno tras barrotes en Venezuela

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“En Uribana (Lara) nos metieron en un cuarto, dijeron que iban a matar a todos los homosexuales. Éramos 23. Los presos estaban como locos, tomados, y tenían el control de la cárcel en ese momento. Nos salvó el pran, que les dijo: ‘Recuerden que la guerra (…), no es contra ellos”, así empieza su relato “Karla”, una transgénero que se encuentra privada de libertad por el delito de homicidio.

Desde uno de los centros penitenciarios del país cuenta la seguidilla de violaciones, humillaciones y malos tratos que ha vivido desde que cayó presa hace casi dos años, encerrada en centros contrarios a su identidad sexual, respondiendo exclusivamente a su identificación genital.

Por razones de seguridad, se mantuvo en anonimato el nombre real y la ubicación de la privada de libertad, para preservar su integridad física, al igual que otras jóvenes que rindieron su testimonio para este trabajo. Todas abogan por el respeto establecido en la Constitución nacional, que no es más que el respeto a la vida y a la dignidad de los reclusos.

Con 25 años, “Karla” ha vivido la discriminación de diferentes maneras, empezando por la de su familia, a la que le tocó aceptar su identificación sexual. A los 13 años, ella había comenzado el consumo de hormonas para cambiar su apariencia física y decidió enfrentar a sus padres. En ese momento, aceptó que no le importaría más el “qué dirán de los demás”.

Sin embargo, hoy tiene que simular ser un hombre más, con el pelo al rape, uniforme amarillo, sin la toma de hormonas, ni el uso de maquillaje o uñas pintadas. El reconocimiento por el que tanto luchó en la calle, lo perdió en la cárcel, por su propio bienestar.

Al continuar su relato, explicó que mientras las autoridades recuperaban el control del penal, los miembros de la comunidad Lgbti (lesbianas, gays, bisexuales, transexuales e intersex) se mantuvieron casi a escondidas en el sector llamado “El teatro”, donde convivieron con los integrantes de la Iglesia, en su mayoría practicantes del evangelio, en procura de protección.

Desde ese entonces, su realidad no ha variado mucho, a pesar de ya no encontrarse en el centro larense. La discriminación y los malos tratos son “el pan nuestro de cada día”, y el miedo y los cuidos nunca están de más en su encierro.

El primer golpe con su nueva vida, la de presa, se lo llevó al poco tiempo de ser privada de libertad por órdenes de un tribunal de control. La decisión del juzgado obligó su ingreso al Centro Penitenciario de Aragua, mejor conocido como “Tocorón”, pero los reclusos negaron la entrada de “Karla” por su condición de transexual.

En Uribana logró acercársele a la ministra Iris Varela y explicarle su condición sexual, junto con otras compañeras. Le pidieron respeto a su identidad de género. Lo único que lograron fue que no les cortaran más el cabello; sin embargo, ante un nuevo traslado, la reclusa ha vuelto a portar un corte al rape. Hasta los momentos, es impensable que les destinen un espacio solo para ellas, aparte de la población general privada de libertad. Actualmente, comparten sector con policías y violadores.

“Ni siquiera nos dejan ajustar los uniformes a nuestro cuerpo,enseguida los custodios nos dicen que no podemos estar así, que dejemos la ‘mariconería’. Aquí debemos fingir que somos hombres”, dice mientras suplica que alguien hable con la ministra Varela, porque el hecho de ser homosexuales o transexuales no implica que “seamos tratados como leprosos. Nosotros también tenemos derechos”.

“Cuando hacen las requisas nos obligan a desnudarnos frente a todos los demás, frente a todos los hombres, y eso no debe ser, deben respetar nuestra condición de transgéneros u homosexuales. No hay respeto, siempre hay maltrato o discriminación. ‘A mí no me toques, no me mires, todas esas cosas. No tenemos protección de nuestros derechos humanos”, reflexionó.

Entre los cambios que ha enfrentado “Karla” está la suspensión de la toma de hormonas, que no pueden ingresar al penal. Ya ha perdido lo avanzado en su fisonomía durante más de 10 años de ingesta. “Mi piel parece de plástico, perdí las formas de mis mamas y ya no tengo nada de glúteo”, explicó vía telefónica, con cautela de no ser escuchada.

A su lado está “La Mami”, quien lleva tres años y medio presa, también por homicidio, y ya ha pasado por nueve centros penitenciarios. En ninguno de estos han respetado su condición sexual y ha estado expuesta a diversas vejaciones, según contó.

Asegura que la cárcel de Sabaneta es la peor en la que ha estado. “En una oportunidad me metieron en un cuarto varios presos para matarme, me querían apuñalear. Grité tanto pidiendo ayuda que los custodios al final decidieron auxiliarme”, explicó, mientras dejaba conocer su indignación por el trato recibido. “Nos tratan como si fuéramos lo peor del mundo. Es una pesadilla. Éste es nuestro mundo”.

Mientras “Karla” y “La Mami” luchan por subsistir en la región capital, en el oriente del país “Divina” no vive una mejor situación. A diferencia de las dos anteriores, ella sí tiene implantes mamarios, por lo que está obligada a llevar una venda para disimular su pecho. Estuvo confinada en el área de la “Iglesia”, pero al serle descubierta una relación sentimental con otro recluso, el pastor se lo notificó al pran.

“Ese día me obligaron a colocar mis dos manos juntas y me dispararon. La bala perforó las dos manos. Solo me dijeron: ‘Eso es para que dejes de hacer lo que estabas haciendo, marico’. Después de varias horas recibí atención médica, también fui expulsada de la “Iglesia”. Estoy desesperada porque me saquen de aquí y me lleven a otro penal, esto no es vida”, afirmó.

“Divina” aún espera que la Defensoría del Pueblo envíe a una comisión para estudiar su caso, como le prometieron a Jonathan Matheus, director de la fundación Venezuela Diversa, quien mantiene contacto directo con las personas sexo diverso que se encuentran como trabajadoras sexuales en la calle.

Tarek William Saab, defensor del pueblo, abogó por el respeto a la dignidad humana de todos los privados de libertad. Recordó que la Constitución nacional establece la no discriminación por motivo de raza, color, sexo o religión; por ende, “todos deben tener resguardado sus derechos humanos en tanto son ciudadanos, se les debe respetar su dignidad humana”.

En este sentido, Matheus exigió que se les respeten los derechos de los miembros de la comunidad Lgbti que, por cometer algún delito, son privados de libertad. No pide impunidad, solo verdadera justicia.

“El sistema de justicia, desde los funcionarios del Ministerio Público hasta los jueces, que se encargan de aplicar las sanciones, obvia las condiciones de vulnerabilidad y tienden a recluirlas en cárceles con población general, lo que representa una exposición enorme a la violencia sexual, física, al escarnio público por parte de los otros privados de libertad”, afirmó Matheus.

Agregó que las privadas deben parar sus procesos de hormonización, disfrazarse de hombres, vivir situaciones de estrés para evitar que otros reclusos le hagan violencia sexual y las maltraten, y “todo esto ante la mirada de los custodios penitenciarios y la Guardia Nacional Bolivariana que no hacen nada para detener esta situación”.

Por su parte, Tamara Adrián, abogada y defensora de la comunidad Lgbti dijo que Venezuela es uno de los pocos países de la región en el que no se considera el respeto hacia los homosexuales, transgéneros, siendo el último grupo el más vulnerable.

“En casi toda la región se han tomado acciones al respecto. En Argentina, Uruguay, Colombia y Brasil, por citar algunos países, las personas trans tienen derecho a ser recluidas en una cárcel que esté de acuerdo con su identidad de género. Esto no se ha logrado en Venezuela”, explicó la profesora de la Universidad Católica Andrés Bello.

Al mismo tiempo, afirmó que en aquellas naciones donde no se ha reconocido la identidad de género, como Perú, “han aceptado que las personas trans estén en una reclusión especial, aunque estén confinadas en una cárcel para hombres. Incluso, pueden tomar sus hormonas”.

Mientras pasan los días, “Karla”, “La Mami” y “Divina” solo dan gracias a Dios porque hasta el momento no han sido víctimas de la violencia sexual, a diferencia de otras compañeras, y ruegan por mejoras en sus condiciones de reclusión, aunque sea en un lugar especial en los mismos centros penitenciarios. Rechazan que el sentir distinto al común de las personas las exponga a tantas vejaciones. “Nadie manda en el corazón”, afirman.

 

Vía Panorama

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