#OPINIÓN: Transexualidad: las mentiras de otro cuerpo por Cynthia Rodriguez

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transexualidad

 

Por Cynthia Rodriguez

Para muchos desconocedores del tema es un capricho, el deseo de alguien de cambiar pieles por otras. Para los transexuales, no obstante, es una lucha que comienza en el mismo momento en el que se manifiesta esa inconformidad del ser

 Me llamo Francis. Cuando nací, me pusieron Francisco, pero en realidad nunca me sentí varón. No creo en eso que dice la gente de que cuando uno es transexual está atrapado en un cuerpo que no le corresponde. No es mi caso. Yo siempre me he sentido en el cuerpo correcto. Lo único que tengo que no va conmigo son los genitales.

Desde niña me sentí mujer. Cuando me quedaba sola en la casa, me ponía la ropa y los zapatos de la hermana de mi madrina, que era una mujer pequeña. Me encantaban los tacones y todas esas cosas. Siempre he sido muy coqueta.

Más grande, cuando veía algún chico en la televisión, decía, así muy naturalmente, que me parecía lindo. Me regañaban: “eso es malo. No digas eso, no te puede parecer lindo un hombre. Tú eres un hombre”. Nunca tuve a esa edad una persona que me hablara del otro lado de la historia, de cómo podía explicarse lo que yo sentía.

A los ocho años ya tenía muy clara la condición femenina. Mi mamá me llevó a ver un psicólogo que recomendó hacerme una prueba hormonal, para saber si no era grave, si era algo que podía curarse con hormonas, o si yo era en realidad una niña. Mi mamá que era andina y analfabeta, dijo que ella me lo podía curar a punta de coñazos. En ese momento, me encerré. Me sentía incómoda siendo un chico, porque a mí me gustaban los chicos, pero no me sentía uno de ellos.

Cuando estaba adolescente, me mudé a la casa de un muchacho gay. Me dijo que yo era gay, pero yo no me sentía así. Me explicó muchas cosas que yo no sabía, me dijo que yo no tenía nada malo. Me ayudó mucho, porque me mostró un mundo completamente nuevo, en el que yo tenía sentido.

Cuando mi mamá se enteró me dijo que si yo iba a ser así, mejor me iba de la casa. Yo tenía 18 años y no esperé a que ella terminara de decirlo para irme. Fue una revelación: empecé a usar ropas cortas y ajustadas, a maquillarme, a sacar coquetería que yo siempre había tenido, pero que estaba reprimida.

Pasó un año y mi mamá me fue buscar. Me pidió que volviera a su casa y dijo que me aceptaría como yo era. Pero apenas llegué empezó: “córtate el cabello, no vas a conseguir trabajo así”. En esa época yo había empezado a estudiar en la Universidad Central de Venezuela. Entré en psicología por un error en la inscripción. Yo quería idiomas o ingeniería en computación. No duré ni un semestre. Me fui sin avisarle a nadie y cuando quise volver a la universidad, ya no podía. Había perdido el cupo.

A los 20 me trataba de disfrazar de chico, para encontrar un empleo. Fuioffice boy en una agencia de publicidad. Pero todos los lunes llegaba con las uñas pintadas o maquillaje y al poco tiempo me botaron y que por reducción de personal. Yo era la única que hacía ese trabajo, por cierto.

Como a los 23 conocí a Rummie Quintero —activista por los derechos de la comunidad Gay, Lesbiana, Bisexual y Transexual, de la Organización Divas de Venezuela. Ella fue quien me ayudó a afianzar las bases de lo que yo era. Me hizo entender que si esa es mi forma de ser, si eso con lo que yo nací, tenía que echarle piernas con todo.

Empecé a trabajar entonces en una perfumería esotérica. Allí un muchacho me dijo que yo no era trans nada, que esas eran pajas mentales mías. Me dijo que hiciera un ejercicio: “llegas a tu casa, te paras frente a un espejo y te desvistes poco a poco. Y vas a ver que eres un hombre”. Lo hice y entonces me di cuenta de que yo, de verdad, lo único de hombre que tenía era lo que estaba debajo de mi ropa interior.

De allí me puse a trabajar con una señora evangélica, amiga de mi mamá. Ella se dedicaba a leerme la palabra, a tratar de convencerme. Un día la confronté. Le dije: “¿el señor no escribe derecho sobre líneas torcidas? ¿El señor no tiene caminos misteriosos?”. Ella me dijo que ya sabía por dónde venía yo y que lo mejor era que, si yo de verdad quería seguir siendo así, dejáramos eso hasta allí.

Después de eso trabajé en varios puestos como buhonero. Por esos días tenía unos admiradores. Decían que lo mejor de sus días era verme montar la tubería del puesto, por la cantidad de morisquetas y movimientos que hacía. Toda una performance. Hasta que me despidieron porque supuestamente yo robaba mercancía. Nunca sentí que estaba haciendo un trabajo de verdad, algo para lo que yo hubiera nacido. Simplemente trabajaba en donde pudiera.

Encontré por fin una profesión, que era lo que yo necesitaba. Desde el primer momento en que pusieron una cámara en mis manos, hace un par de años exactamente, me di cuenta de que eso era lo mío. Ser fotógrafa es mi gran pasión. Aquí puedo comunicar lo que siempre me callé. Lo más fuerte que he tenido que enfrentar en todo este tiempo ha sido a mi mamá. Ella nunca ha entendido lo que soy. Me trata como Francisco. Al principio yo lo dejaba pasar. Un día salí con ella y unas amigas mías, y mi mamá se refería a mí como Francisco, cómo él, ¿sabes lo incomodo que es que tu mamá te trate de él? Fue cuando caí en cuenta: mi mamá habla con alguien que no soy yo. El resto de mi familia no se enrolla tanto. Tengo cuatro hermanos varones. La única hembra en la familia soy yo. Los dos mayores no vivieron nunca con nosotras. Los otros, si me rechazaban al principio, pero hoy, no es que me acepten, son que simplemente ignoran el tema. No se habla de eso.

Tengo un sobrino de 9 años que entiende la situación. Cuando estamos con mi mamá, me llama tío. Pero cuando está solo conmigo, me llama tía. Eso lo hizo espontáneamente, sin que yo le dijera nada. Él se adapta a lo que ve.

Hace tres años comencé a hacer algo directamente con mi cuerpo, para cambiarlo y hacerlo más femenino —después que asumí que soy una mujer, nunca más me he sentido como u varón. Empecé haciéndome exámenes de hormonas, en el Hospital Vargas. Al principio, lo que quería era engordar, porque siempre he sido demasiado delgada. Probé con muchas cosas, pero nunca engordaba y un día alguien me dijo que con las hormonas podría engordar.

Así que busqué que me recetaran hormonas. Fui con una endocrinóloga y, en medio de mi confusión, le dije que quería tomar hormonas masculinas. Con tal de engordar, yo hacía lo que fuera. Ella, en cuanto me vio, me preguntó si estaba segura y me sugirió tomar mejor hormonas femeninas. Me dijo que yo era transexual. Hasta ese momento yo no había caído en cuenta. No le había dado nombre a lo que soy.

Pasé tres años tomando un medicamento y nunca vi efecto alguno, ni de ganar peso ni de feminización. El protocolo que uno debe pasar para transformar su cuerpo es muy largo y frustrante. He entendido por qué hay tantas chicas trans que se auto recetan hormonas, que es lo que yo empecé a hacer ahora.

Las transexuales que pasan de hombre a mujer comienzan muy tarde y es desesperante ver que tenemos meses tomando algo y te sigue saliendo barba y bigote. Si uno tuviera unos padres más flexibles y pudiera empezar antes, sería mejor.

Empecé a investigar en Internet y descubrí que hay combinaciones de medicamentos que te ayudan a hacer el cambio más rápido. Hace años que me auto medico. Tengo el vello mucho más fino, me están saliendo senos y las caderas se me han abultado. Me siento muy bien así.

Es un gasto fuerte. Solo en medicamentos tengo que pagar fortunas al mes. Con las consultas era más costoso todavía y no veía resultados. Yo de verdad me desesperé y busqué mi solución. Trato de investigar bien antes de empezar a tomar algo, que no tenga efectos secundarios y eso. Mucha trans lo hacen. Uno se entera de los medicamentos por las conversaciones que oye: “fulana se inyectó tal cosa, la otra se está tomando esto”… y así. Yo lo que sí trato es de ir con cuidado.

He sabido, por ejemplo, que inyectarse los senos es peligroso. Me dijeron de una chica que lo hizo y se le reventaron. Parece que se hacen unas bolas de aceite y es peligroso porque se te enquistan.

De tener el dinero, me operaría, pero no es una prioridad tan fuerte en este momento. Ahora que siento que tengo una profesión, quiero luchar por eso, y si tengo que ponerla antes de la operación, lo hago. Estos genitales me incomodan, me molestan, pero sobre todo a nivel estético. Pero, del resto, estoy bien, estoy cada vez mejor conmigo misma. He descubierto que tenía demasiadas cosas deprimidas, creo que si tuviera genitales de mujer sería más liberada, no tendría nada que ocultar.

Tengo pareja estable desde hace mucho. He descubierto lo difícil que es ser mujer. Desarrollarse cuando una es adulta es todo un tema. Yo digo que me vienen períodos hormonales, porque una vez al mes me deprimo, me dan ganas de comerme un dulce y después me da un ataque de acidez y me pongo de mal humor.

Mi esposo lo sabe y siempre llega por esos días con un dulce. Me hubiera gustado haber nacido biológicamente. Pero Dios sabe lo que hace. Me considero católica, pero no tengo nada en común con la iglesia. Me gusta pensar que tengo una relación directa con Dios.

Intenté suicidarme dos veces cuando era adolescente. La segunda vez, mi padrino me enseñó a rezar. Creó que ha sido una de las mejores cosas que me enseñaron. Después de esa vez hablé con Dios. Le dije: “si esto es un pecado, quítame tú la vida”. Yo creo que hay una razón para que todo esto me pase. Creo que Dios tiene algo planificado para mí y lo acepto.

***

La historia de Francis no es nada extraña en el mundo de la transexualidad. Y aunque no puede hablarse precisamente de un final feli en este caso, ella misma afirma que pudo irle mucho peor.

Si ser transexual es difícil en cualquier lugar del mundo, en Venezuela probablemente sea todavía más duro. Quien descubre que el sexo de su cuerpo no se corresponde con el de su personalidad y necesita dar los pasos necesarios para sentirse más conforme consigo mismo tiene que enfrentar, no solo los prejuicio sociales y la discriminación, que ya son imposiciones bastante duras, sino también una serie de obstáculos legales que sencillamente dan por sentado que esa persona no existe.

Los documentos de Francis están a nombre de Francisco. Cuando, saque su pasaporte andino, deberá disfrazarse para la foto. Quitarse los zarcillos y el maquillaje, recogerse el pelo y tratar de pasar por alguien que no es. Por eso está nerviosa. Lo mismo sucede con muchos.

Según el diccionario de la Real Academia Española, una persona transexual es aquella que adquiere los caracteres sexuales del sexo opuesto mediante un tratamiento hormonal y quirúrgico. Según la Organización Mundial de la Salud, se trata de alguien que padece un trastorno de identidad de género, y la única forma de atenderlo es con tratamiento clínico, físico y psicológico. La OMS también aclara que la transexualidad puede coinvertirse en un problema grave de salud para algunas personas, si no se someten a terapia hormonal y/o quirúrgica.

Ser transexual también es ser carne para la discriminación a todos los niveles y no todos tienen la fuerza de voluntad, la formación y el empuje que se requiere para superar esos obstáculos.

Pero la carrera no termina allí. Sorteados los prejuicios del resto, superado el cambio y la reasignación de sexo, queda una dura batalla que todavía es imposible ganar en países como el nuestro. La de una identidad reconocida por el resto de la humanidad.

Vía el estímulo

 

Artículo de opinión: Orbitagay no se hace responsable por conceptos y/o juicios emitidos en este y otros artículos de opinión, los cuales, son responsabilidad de sus autores.

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