#OPINIÓN: Los homosexuales también van al cielo

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cielo

Hace unos años participé en un programa de la Universidad Católica Andrés Bello llamado Ausjal. Su misión era acercar a los estudiantes a las comunidades de escasos recursos para así conocer esa realidad y poder actuar en ella como líderes, como guías, como ejemplo para los jóvenes que no conocían otro mundo y cuya visión estaba limitada a lo que veían a diario. Tenía un contenido religioso, católico, y a lo largo de un año entero recibimos entrenamiento para poder afrontar aquel reto, siempre desde una perspectiva cristiana. Había ateos, judíos, indiferentes y católicos. Jamás se nos impuso ninguna creencia en particular, simplemente todos sabíamos que parte de estar ahí, era conocer la filosofía ignaciana que se puede resumir en la frase “en todo amar y servir”. Una de las fases del programa consistía en pasar la Semana Santa entera en la comunidad de La Vega; vivimos todo ese tiempo en un colegio. Casi no quedaba tiempo para nada, nos despertaban, desayunábamos y salíamos a recorrer las calles, como misioneros, llevando un mensaje a todas las casas. La tarea era hacer una oración con las familias y teníamos un instructivo en donde nos explicaban con detalle todo lo que debíamos hacer. Por supuesto que yo nunca le hice caso al papelito, consideré que la oración, en esencia, es una necesidad de ser escuchado, así que, después de decir el Padre Nuestro (que es el único rezo que me sé) me sentaba a hablar y a oír a la gente que, me parecía, lo necesitaba. Generalmente los viejitos que vivían solos, o las madres solteras. Les dedicaba mi tiempo a ellos y esa fue mi manera de orar. Una mañana llegué a una casa y había un muchacho, como de 20 años, igual que yo, y me invitó a pasar. Él estaba solo y sentí un poco de miedo, pero como yo estaba con una amiga, decidimos entrar. Era muy tímido y parecía querer decir algo pero no podía. Le hablé de cualquier cosa para que tomara confianza y luego le dije que si quería conversar me podía encontrar en el colegio en las tardes. Al día siguiente, mientras preparábamos las cosas para la procesión, me avisaron que alguien estaba preguntando por mí y yo fui a atenderle. Era el muchacho. Me dijo que quería hablar conmigo de algo que le preocupaba, nos sentamos y luego de un rato, logró expresar que sentía miedo de no poder ir al cielo porque era gay. Me preguntó si eso era verdad, si en realidad Dios despreciaba a los homosexuales, porque en su casa eso era lo que le decían. Me comentó que incluso había pensado en el suicidio por toda la presión que sentía a causa de su orientación sexual. Yo sonreí y le dije: “sí irás al cielo cuando mueras, solo no te suicides”. Continué: el mensaje de Cristo en la tierra fue “amar a todos por igual” y él mismo lo demostró aceptando a una prostituta entre sus amigos más cercanos.

Yo no considero, desde ningún ángulo, que el ser homosexual, por el solo hecho de serlo, te convierte en un pecador, eres una persona más, igual que el resto, que puede decidir si hacer bien o hacer mal, lo que no puedes decidir es si te gustan las mujeres o te gustan los hombres. Lo alenté a seguir sus gustos porque, aunque no siempre sea fácil, es lo mejor. Pensé en esta experiencia y consideré bueno escribir sobre ella, porque así como él, hay muchísima gente que sufre por este tipo de creencias y es necesario que todos sepan que son falsas. Y las personas que realmente pecan, son aquellas que infunden miedo, auto-desprecio e incluso voluntad de suicidio, amparándose en la figura de Dios y de la Biblia.

Vía elsarirouge.wordpress.com

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