OPINIÓN: La pesadilla de la igualdad en la Venezuela post-apocalíptica

Want create site? Find Free WordPress Themes and plugins.
Por ALEJANDRO CASTRO @AJCASTROM

Hace algún tiempo, en un restaurante de Caracas de cuyo nombre no pienso acordarme, violentaron a una muchacha lesbiana que públicamente (¡horror!) besó o acarició a su novia. Yo, en un momento de masoquista morbosidad, me dediqué a leer durante días las reacciones y comentarios que suscitó la denuncia de tal despropósito homofóbico… y no sé decir qué era peor, si el hecho mismo de que hayan invitado cordialmente a la pareja a abandonar el recinto o las opiniones en las redes. Los más civilizados se solidarizaron con ellas, aunque aclarando (no aclares, dicen en mi pueblo) que a veces hay que comportarse porque puede haber niños. Luego la consabida marabunta de idiotas, salidos de no sé qué rincón de altanería ignorante, empoderados por sus ciento cuarenta caracteres de libertad de expresión, se mofaron con saña.

Perdí la cuenta de las veces que me gritaron “marico” en alguna calle de Caracas, no sé a cuántos hoteles no pude entrar, ni de cuántas discotecas me corrieron. Pero algo sé y no lo olvido: dolió siempre. Era (casi digo “es”) un dolor extraño, entremezclado con vergüenza y miedo y rabia. También recuerdo –está grabado con fuego en mi memoria– esa dolorosamente excepcional sensación, parecida a la felicidad, que sentí cuando unos ojos de color incierto me llevaron de la mano con impudicia, al salir del concierto de una diosa, por toda la luz del mundo en Times Square. Y lo mucho que pensé en Pedro –Lemebel, no Carroña… perdón, quise decir Carreño–, que le dio duro a la izquierda en su Manifiesto, pero que anhelaba todavía que fuese rojo el cielo donde los niños con la alita rota pudieran volar.

Cómo explicarle a Pedro –Lemebel, insisto, el otro es una causa perdida– sus cenizas iridiscentes, que en Venezuela el cielo, el suelo, las instituciones, el pensamiento todo se hizo rojo e irrespirable para los que tienen las alas rotas, los que tienen dos alas espléndidas y los que no quieren volar. Que después de casi veinte años de revolución –y a pesar de haber invitado a Mariela Castro, con su célebre estirpe de asesinos, a que nos diera lecciones de Derechos Humanos– en Venezuela no existe protección legal alguna para homosexuales, lesbianas o transexuales. Cómo contarle a la Pedro, maldito nudo en la garganta, que se acabaron los antirretrovirales. Y que lo que el gobierno bolivariano llama derecha promovió la diputación de una (brillante) mujer transexual. Y que por quítame esta paja no le tiembla la voz al presidente (el “nuevo” y el intergaláctico) de la república (así, en minúsculas) para llamar mariposón al adversario. Ni siquiera yo me atrevo a repetir las palabras sucias del otro Pedro –digamos Carroña para más señas y culpemos al autocorrector– en pleno hemiciclo de la Asamblea Nacional.

Siguiendo con la vertiginosa transcripción de atrocidades, más recientemente, se ha hecho público un anuncio clasificado en el que un restaurante –de esos que misteriosamente compran a dólar barato y venden a dólar caro– solicitaba mesoneros blancos de piel. ¿A dónde acudir para denunciar ese ridículo acto de racismo? Es una pregunta retórica, por supuesto. Sabemos a dónde ir, sabemos que la discriminación en nombre de la raza sí está penalizada. Y sabemos lo que pasará cuando se haga la denuncia: na-da. Sucede que en algún lugar hay un milico, puede que no especialmente ario, beneficiándose del negocio redondo. Y la retórica de la afrovenezolanidad tiene sus límites (en el bolsillo, se entiende). Recuerdo a los chavistas cazando rubios para fotografiarlos en las marchas de la oposición, a veces incluso tomando algún noble préstamo de quién sabe qué revuelta en el extranjero, tratando de racializar a la disidencia, quién sabe según qué retorcido designio de sus asesores cubanos. Los mismos que acabaron con el racismo en Cuba por decreto, mientras requisaban negritos en La Habana y no les permitían ingresar a los hoteles turísticos.

Igual con el feminismo revolucionario, ese que sigue sin legislar sobre el aborto (quiero decir, hoy es un delito abortar en Venezuela), ese que piensa en mujer y piensa en madre y piensa en barrio, esto es: que quiere que las mujeres sean pobres perritas paridoras de más pobres. Recuerdo al presidente (el “nuevo” y el intergaláctico) de la república (así, en minúsculas), asombrarse lerdo con las cifras de feminicidios en España, como si nosotros lleváramos la cuenta, como si en Venezuela eso fuese noticia. Y recuerdo a las mujeres revolucionarias, el harén de Chávez, su risa estridente, mientras la Carroña vociferaba eso que no me atrevo a repetir. Como el inmenso cartel que colgó en Carabobo otro milico innombrable: “Incitar al sexo genera violaciones”. La frasecita era la brillante leyenda de algunas fotos de mujeres en traje de baño: feminismo bolivariano en todo su esplendor monstruoso.

El punto, sin embargo, mi punto, es que (dentro de los tantos privilegios que nos ha quitado la revolución) no podemos formar parte de ninguna minoría sexual o étnica. Que abogar por los derechos de los pocos es ridículo cuando los muchos, cuando los todos, no tenemos derecho alguno. Cumplida la pesadilla de la igualdad, todos y todas somos igualmente miserables, igualmente humillados, igualmente perseguidos, todos y todas estamos igual de jodidos. Es decir, ante la ley, todas y todos somos maricos, incluida la marabunta de idiotas homofóbicos de las redes. Seguramente a la Pedro, su cadáver emplumado, le escandalizaría saber que en Venezuela las personas que (sobre)viven con VIH no consiguen el tratamiento, pero es que tampoco los diabéticos, ni los enfermos de cáncer, ni los enfermos de gripe. Y es que se acabaron los medicamentos, se los robaron. Y se acabó la harina, se la robaron. Y se acabó la pasta de dientes, se la robaron. Y se acabó lo que se daba porque, pulverizado el coco, la empresa privada, y teniendo que elegir, cuando los precios del petróleo se vinieron abajo, entre seguir robando y seguir dando… la retórica de la justicia social tiene sus límites (en el bolsillo, se entiende).

Qué suerte tiene la buena izquierda continental: anda por ahí indignada, en pie de lucha, coreando desafinada los cuatro acordes tristes de las cancioncitas de Silvio Rodríguez, porque tiene un enemigo racista, homofóbico y machista. Nosotros, en cambio, no tenemos para comer, se lo robó el club de fans de Silvio. Y cuando los heterosexuales, los blancos, los hombres y las mujeres, los maricos y los negros, invierten la mitad de su tiempo en estar encerrados en sus casas para evitar que un malandro, una malandra, un unicornio azul, un guardia nacional bolivariano, un policía nacional bolivariano (o algún otro ano de Bolívar), les vuele la cabeza por quítame esta paja con uno de esos fusiles que la revolución repartió, como en un cotillón perverso, para defenderse de los gringos; y la otra mitad tratando de conseguir comida y medicinas; ¿con qué cara de imbéciles levantamos la bandera del arcoíris?, ¿con qué derecho mezquino sacamos la cuenta de los feminicidios, en uno de los países más violentos del mundo? Son preguntas retóricas, por supuesto: el caos no discrimina.

Feliz mes de la sexodiversidad y del orgullo, para todos y para todas.

Fuente: El Nacional

 

Las opiniones aquí emitidas son responsabilidad de su autor, Orbita Gay no se  hace responsable por el contenido de la misma.

Comentarios:
Did you find apk for android? You can find new Free Android Games and apps.
Compárte
  •  
  • 5
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
    5
    Shares