Modern Family a la venezolana

familiasegundaParejas homosexuales con hijos. Matrimonios que unen a sus vástagos, de otras relaciones, bajo el mismo techo. Una madurito que se casa con una veinteañera o una ejecutiva en sus 50 que seduce a uno de 30. La estructura tradicional de la familia ha cambiado y aquí vemos los ejemplos

En la serie de televisión Modern Family (Familia moderna), Sofía Vergara interpreta a una voluptuosa inmigrante treintañera, madre de un precoz preadolescente, que se casa con un americano sesentón. Sus hijastros tienen su edad. Uno de ellos es gay y padre de una bebé vietnamita que adoptó junto a su marido. La otra es un ama de casa, madre de tres chicos, y esposa de un agente inmobiliario que se comporta como un niño grande. Todos interactúan entre sí, comparten momentos y anécdotas que se sacan de la vida real y se exageran con las dosis de humor exactas para ganar Emmys, Globos de Oro y acumular cinco temporadas al aire. Pero más allá del éxito de los premios y la audiencia, el sitcom de Steven Levitan y Christopher Lloyd propone una mirada hacia el cómo aquella tradicional representación familiar, en donde solo tenían cabida los padres y los hijos que estos tuvieron entre sí, se ha transformado para añadir nuevos personajes que hace décadas no se planteaban en la escena. Las familias modernas existen y Venezuela no escapa a ellas.

Ana Margarita Rojas, Elena Hernáiz Landáez y Javier Eduardo Bello Hernáiz

13472118194_5b131ce6e3_o“Las paredes tenían mariquitas (coquitos) por todas partes. La torta, los recuerdos, había mariquitas por todos lados”, dice Elena cuando recuerda con picardía cómo decoró la sala de su apartamento aquel día de 2002. Lo hizo porque ese sería el escenario donde ella y Ana Margarita, su pareja, firmarían una serie de poderes de sucesión, económicos y médicos que protegerían a Javier Eduardo, el hijo de ambas que aún era menor de edad. En Venezuela no había –y aún no hay- leyes que permitieran la unión homosexual, así que esa fecha sirvió para celebrar un vínculo legal que incluyó a una notaria, a sus amigos y a la mitad de sus octogenarios vecinos. Hubo un discurso emotivo, hubo lágrimas y un dúo feliz. Fue casi un matrimonio.

Pero ese no fue el comienzo de esta familia homoparental caraqueña, sino más bien una confirmación de una historia que comenzó hace casi tres décadas, cuando Elena se divorció de su marido y se quedó con la custodia del niño que habían adoptado. Fue ese pequeñito quien propició que Ana y ella se conocieran y quien, años después, decía a sus maestras que para el Día de las Madres tenía que hacer dos regalos.

Para Javier Eduardo, ser criado por una familia de dos mujeres nunca fue un escándalo, dice Ana Margarita. “No dábamos explicaciones en el colegio y eso que eran finales de los 80. Pero no hubo rechazo (…) Desde siempre él ha tenido una sensibilidad especial. Para él es un proceso natural que todo el mundo esté con su pareja y la reconozca”. Aquel pequeño, que hoy es un treintañero, dio una muestra de esa actitud cuando no pasaba de los 4 años de edad: Elena lloraba tendida en una cama por una discusión con su hermana, quien le recriminó el criar a un chico entre lesbianas. Él se subió a su espalda, acarició su cabello y le soltó una frase que nunca más le dejó bajar la cabeza: “no te preocupes, mamá. Algún día nos van a aceptar”.

Elena y Ana Margarita saben que, a puerta cerrada, hay muchos casos como el de ellas, familias homoparentales que no se atreven a presentarse como tal por temor a los tratos discriminatorios que pueden recibir en el trabajo, en sus residencias o en el colegio de sus pequeños. Ellas y Javier Eduardo sufrieron esos sinsabores y rechazos de parte de sus propios parientes, pero nada los desalentó, se levantaron y siguieron adelante, unidos como cualquier familia.

Ira Marcano, Alexander Hernández y Diego Hernández Marcano

13471745295_25ba7bd892_oIra está cautivada con la faceta de papá cariñoso que acaba de descubrir en Alexander, su pareja. Ambos acaban de tener a su primer hijo, Diego, y el pequeñito ha despertado un espíritu joven que su esposa no había advertido. “Tiene actitudes que, quizás por la edad, yo no me las imaginaba en él. Siempre lo he conocido tan estricto, tan jodido, tan correcto y, de repente, veo que se quiebra así por un bebé y le habla chiquitico”.

“Yo me lo tripeo, me siento más nota, estoy enamorado de mi hijo”, dice Alexander, quien después de 23 años repite su experiencia paternal. La madurez, asegura, le ha hecho disfrutar de su nuevo retoño hasta llegar al punto de conmoverse con sus gestos. Pero también ha tenido que soportar que le digan “papá abuelo” y que bromeen con que jugará fútbol con el niño cuando se sostenga de una andadera.

Es que Ira y Alexander se llevan casi 17 años entre sí. Él confiesa que suele estar rodeado de lozanía y que en su círculo de amigos todos son menores que él. “Yo digo que envejece el cuerpo, pero no el espíritu ni el alma. Eso se mantiene siempre joven”, comenta. Es también de los que prefieren vivir el hoy porque el mañana se les hace incierto.

La edad nunca fue un obstáculo. Ninguno se escandalizó por la diferencia y en sus familias nadie habló con desdén del tema. “Más bien a mí me dijeron que él era un ‘come años’”, cuenta Ira, pues su esposo no aparenta que está cerca del medio siglo. Sin embargo, admite que hubo un momento en el que sí le impactó la distancia: cuando le dijo que tenía un hijo veinteañero, ella empezó a “sacar cuentas”. “Si él hubiese comenzado la fábrica más temprano, hubiese podido ser su hija. De hecho, cuando nos estábamos conociendo, yo a veces me preguntaba si él estaba pensando como un papá. Él siempre tiende a sacar ese papá”, afirma.

Ira y Alexander han sabido aprovechar la brecha generacional que los separa. Él le ha enseñado a controlar su impulsividad y ella le ha transmitido su energía, sus ganas de ejercitarse, correr y montar bicicleta. “Él se enternece y se rejuvenece, y yo maduro y me pongo más grande”, comenta ella con una carcajada. Alexander remata: “Es que yo soy como Benjamin Button”.

 

El mío, los tuyos, la nuestra

Pedro Ramírez, Yully Hernández de Ramírez, Rafael Hernández, Sthefani Ramírez, Carlos Ramírez Mayorca, Orlando Ramírez Velasco, y Johan Guerrero

13472072224_1a35bf8fb7_oYully muestra algunas de sus fotos en Facebook. Allí está con Sthefani, su hija quinceañera, fruto de su actual matrimonio con Pedro; a la chica la abraza por la cintura su hermano Rafael, el primogénito que Yully tuvo en una relación anterior; al lado de él está Carlos, el hijo mayor de Pedro que viene de otra unión. El cuadro lo completan ella y su esposo. Están cantando, abrazados y sonrientes, se ven contentos. Es la imagen de una familia feliz, y extendida, y su secreto para mantenerse así, afirma la matriarca, ha sido el respeto.

“Las reglas se pusieron claras desde un principio y ha funcionado”, cuenta Yully y recuerda que, aunque nunca le pidió a Rafael que llamara “papá” a su nuevo marido, este terminó diciéndole así. El vínculo entre ambos es tan fuerte que, entre los dos, se hicieron cargo de los cuidados del padre de Pedro durante sus últimos meses en vida. “Cuando mi nono cayó en cama, él y yo nos unimos más”, dice el veinteañero, quien rememora con cariño las salidas de los fines de semanas de su niñez junto a su padrastro, pero también sus rebeldías adolescentes en las que a veces renegaba de él. “Yo he crecido y nuestra relación ha cambiado muchísimo. Ahora hay más confianza. Para mí él es mi papá y nunca me ha dado un mal ejemplo”.

Carlos, quien conoce a Yully desde que era novia de su papá, comenta que la relación con sus hermanos y la esposa de su padre, ha sido especial. “No todas las personas entienden cómo engranar a una familia así, pero nuestro caso es el contrario. Esta es mi familia y yo voy con ella hasta donde tenga que ir (…) A Sthefani la quiero muchísimo y a Rafael lo quiero como si fuera mi hermano de sangre”.

El pasado 3 de noviembre, otros dos hijos de Pedro se unieron al clan. Johan y Orlando llevaban más de tres décadas separados de su papá y, finalmente, se reencontraron y han seguido en contacto desde que se vieron. El grupo que Yully muestra en su Facebook se ha agrandado. Ella la mira agradecida y confiesa que proviene de una familia igual.

 

Modernidad bajo el ojo experto

La diversidad y la dinámica de la sociedad, dice la psicólogo y terapeuta Carmen Alicia Tse Kwan, han propiciado que las familias cambien su estructura tradicional. Explica que los seres humanos de hoy en día se mueven entre decisiones que antes eran estigmatizadas y que, en algunos casos, aún son símbolo de controversia: separaciones, divorcios, madres solteras, declaraciones de homosexualidad.

Tse Kwan afirma que la unión de hijos de diferentes matrimonios bajo un mismo techo se ha vuelto algo común y que, para que esa convivencia se sostenga en el tiempo, es necesario la existencia de una comunicación fluida, de una libertad para expresar deseos y pensamientos, y de una jerarquización que haga que los padres cumplan su rol de supervisores, educadores y modelos de conducta de quienes crían.

“Las buenas relaciones de pareja dependen de tener, o no, una buena comunicación, independientemente del sexo, de la edades, de la nacionalidad”, afirma Carlos Sánchez Núñez, ex presidente de la Sociedad Venezolana de Psiquiatría. Comenta que en Venezuela, las brechas generacionales en un matrimonio no son mal vistas y que las observaciones, en ese sentido, se hacen en forma social o amistosa, pero no son ofensivas ni peyorativas.

Pero cuando se habla de las relaciones homosexuales, el panorama es distinto. El lado conservador del venezolano se pone de manifiesto y es allí cuando aparece el rechazo. “Uno de los tabúes y temores más frecuentes es pensar que los hijos de una pareja homosexual van a ser educados como homosexuales y resulta que nosotros creemos que eso viene predeterminado por factores de tipo biológico, prenatales inclusive”, indica Sánchez Núñez.

Según el Instituto Nacional de Estadísticas, más de 6.000 parejas del mismo sexo admitieron vivir juntas en el censo de 2011 y este año un grupo de organizaciones LGBT introdujo un proyecto de ley ante la Asamblea Nacional para que se aprueben los matrimonios igualitarios. Sin embargo, Tse Kwan advierte que, por sus prejuicios, el país pareciera no estar preparado para aceptar a estas nuevas familias.

Vía Dominical (Revista de Últimas Noticias)

Compárte
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •