Leiker Hernández, drama de las condiciones infrahumanas de los gays presos en Venezuela.

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En el calabozo A de la Policía Municipal de Los Salias. Está procesado porque en mayo del año pasado robó en un supermercado. Sus compañeros de celda lo sacaron a golpes, le rompieron el labio superior, le dieron puñetazos en la cara y lo amenazaron: “sabes que si regresas te vamos a matar, diablo”. Él vive en un catre colocado en un pasillo a oscuras y poco ventilado.

Se trata de Leiker Hernández y cumplió la mayoría de edad aislado en ese pasillo. La noche del 5 de febrero de 2017 sus compañeros lo despertaron a golpes. Ellos no quieren a los homosexuales. “No aceptan mis preferencias sexuales. No le he faltado el respeto a nadie. Me he mantenido callado y sumiso a las humillaciones a las que me han sometido”, se desahoga.

Leiker muestra las marcas de las heridas que le causaron en sus brazos y piernas. No conforme con haberlo expulsado todavía gritan: “aquí no queremos mariquitos”. La segregación incluso entre convictos se caldea o humedece con los potes de orina que le lanzan. A la directora del organismo policial, los reclusos le han dicho que no pueden permitir que Leiker duerma en el mismo espacio con ellos porque, una vez que los trasladen a un centro penitenciario, temen que los otros residentes piensen que también son homosexuales. Las befas y maltratos no tardarían en correr.

“He hablado con los presos para que dejen las burlas con Leiker, quien ha tenido cuadros depresivos —que solo han sido tratados eventualmente en las jornadas de asistencia médica y psicológica que se organizan dentro de la institución. A finales del año pasado sostuve una reunión con funcionarios de la Fiscalía Superior del estado Miranda y allí planteé la necesidad de que me asignaran más cupos para trasladar y desocupar esas áreas. El Ministerio Público me contestó que resolviera y que también construyera un espacio adicional para los transexuales y homosexuales. ¿Cómo lo voy hacer?, ¿con qué dinero? Esto es una sede policial, no es una cárcel”, comenta Carmen Mavares, directora de Polisalias. Esas mismas interrogantes se plantean otros jefes policiales que han visto convertidos sus comandos en depósitos de presos que sobreviven al abandono y la intolerancia.

Con información de El Estímulo.

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