Las formas de la Homofobia (2 de 4)

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En el post anterior les describía la forma psicótica de la homofobia, donde la estructura del sujeto no es lo suficientemente estable para contener las pulsiones. Como consecuencia de esta escisión entre lo simbólico y lo real, incapaces de entrelazarse, esas pulsiones aparecen proyectadas en un Otro que resulta terrorífico y aterrorizante. El delirio sería, entonces, el relato que da cuenta de esta dinámica. Por eso la homofobia psicótica es siempre acerca de fantasías relativas a cómo los gays podrían destruir al mundo y cómo, entonces, deberían ser contenidos o exterminados.

Ahora vamos a continuar con una de las formas neuróticas de la homofobia. A mi entender, esta sería la más extendida, lo cual tiene sentido si pensamos en cuán narcisista ha devenido la sociedad contemporánea.

LA HOMOFOBIA COMO LA AMBIVALENCIA DEL DESEO

Ricardo es un estudiante que, a la vez, trabaja como asistente de investigación para uno de los profesores de la universidad. Es alto, corpulento, masculino y se define como heterosexual. Lo han puesto a transcribir unas entrevistas que narran el proceso de salir del closet en gays de distintas edades. La tarea es sencilla, escuchar unos audios y ponerlos por escrito. A los pocos días, Ricardo le pide a su jefe que lo exonere de la tarea. El muchacho luce obviamente descompuesto y la razón que da es la siguiente: “no puedo hacerlo, ahora voy en el metro y siento que todos los hombres me miran”.

Una madre le comenta a su hijo, cuando en la película que ven dos mujeres se dan un beso apasionado: “no puedo aceptar a las lesbianas, a mi me daría asco tener sexo con una mujer”.

Estos ejemplos sacados de la vida real, tienen mucho en común. Noten como lo primero que se desliza es la autoinvitación. El ambiente gay se ha desarrollado como un mundo paralelo a la sociedad heterosexual pero por alguna razón, nuestros personajes se imaginan ya metidos allí o mejor dicho, rodeados por eso. Lo curioso no es sólo que se autoinvitan a la fiesta, sino que lo hacen para sentirse vejados y abusados; violados. Esta fantasía, por cierto, se cuela en infinitas situaciones cotidianas; en el hombre que le dice a la novia que no va a ir a esa disco gay porque lo van a tocar sin su permiso; en el amigo hetero que rechaza a su amigo cuando este sale del closet “porque seguro me ha morboseado”… Fíjense como, frente a los gays, los más machos se convierten en macho-jevas; macho-doncellas indefensas frente a un gay imaginado como un seductor poderoso que puede convertir a cualquiera. Justine frente a Sade o la monja de convento medieval luchando para no ser poseída por el demonio.

Es esta fantasía la que se manifiesta también cuando los padres les dicen a los hijos que los gays son “malas juntas”. Es la mentira que se dice la madre de un ex que tuve quien pensaba que yo, con mis poderes psicológicos, había pervertido a su hijo (el cual por cierto de indefenso no tenía un pelo y quien, de paso, resultó con aficiones que me hicieron salir corriendo).

Es también la fantasía que queda opacada en las “razones” que dan algunos homofóbicos para no aprobar derechos civiles para la población LGBT: “¿qué va a pasar con la procreación de la especie?, si los gays tienen derechos la gente va a querer ser gay”. Esta es la clave de la homofobia como deseo, a saber, que estos homofobicos están hablando, en realidad, de las dudas en torno a su propia sexualidad. Su identidad como heterosexuales resulta una identificación inestable que se tambalea frente a la presión de pulsiones reprimidas. Si en la homofobia psicótica la pulsión está desencadenada, en la homofobia neurótica la pulsión ha sido contenida por lo simbólico, pero no por eso ha sido apaciguada o domesticada por completo. Siempre queda un excedente, del cual resulta un goce, en este caso centrado en la ambivalencia: soy hetero, pero podría ser seducido por mi mismo sexo y, sobretodo, podría sucumbir. Este sería el contenido central de la fantasía homofóbico-histérica.

Atención, no es que esto vaya a ocurrir necesariamente. El punto crucial está en el ‘podría‘; en colocarse en esa situación atormentante; en mantener el deseo mediante la insatisfacción de ese deseo. Al final en esto consiste el goce, en el placer que resulta del displacer de hacer algo que no se disfruta.

Creo que con ese marco debemos leer esa investigación que muestra que a mayor homofobia mayor excitación homosexual. La turgencia del pene estaría dando cuenta de esta turbulencia interna la cual no es, necesariamente, las ganas de tener sexo con el mismo sexo. Resulta simplista esa hipótesis gay de que todos son gays hasta que se demuestre lo contrario, o de que la homofobia, simplemente, encubre a un homosexual reprimido.

La sexualidad es un fenómeno complejo, condicionado por muchos factores que escapan al control de la conciencia humana. Por encima de todo, la sexualidad es inestable e incluso fluida; sigue los vericuetos de la libido, la cual es mucho más poderosa que cualquier dique que intente contenerla.

Quiero finalizar diciendo que la mejor respuesta contra la homofobia histérica es la autorreflexión. Con esto no me refiero a pedirle a los homofóbicos empiecen a hacerse cargo de sus fantasías (no soy tan iluso como para dejar el primer paso a quienes ni siquiera tienen conciencia de enfermedad). La autorreflexión empieza por el colectivo LGBT que, una vez consciente de esta dinámica, podría devolver las preguntas de manera invertida. Quiero que noten que la mejor respuesta a este tipo de homofobia es la interrogación o el señalamiento a la dinámica: ¡ah, entonces un gay podría seducirte!, ¿me estás diciendo que si se aprueba el matrimonio gay considerarías casarte con alguien de tu mismo sexo?… Los gays hemos desarrollado un sentido del humor agudo y un cinismo refinado. Es hora de usarlo para fines constructivos, atizando a estos histéricos para que se hagan cargo de ese equipaje que no reconocen como propio.

 

Vía Carlos Rivas y publicado en el blog Chamán Urbano 3.0

 

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