La vejez: Tabú e inseguridades de la comunidad gay

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La mayoría de las imágenes sobre el envejecimiento gay resultan patéticas. Depresión, soledad, aislamiento y flagelación y son atributos que no tardan en aparecer. Es claro que esto no viene de la nada, tiene una base en la realidad pero, de todos modos, es un error equipararlo con las representaciones que tienen los mismos gays que son viejos o están envejeciendo. Sensible a esta precaución, lo que voy a presentar a continuación es una tentativa de “abrir el juego” para pensar de forma plural cómo los gays pueden ver el envejecimiento gay.

 

La vejez gay es mejor que la heterosexual

En EE.UU., en los años 70, ya existían estudios que combatían el estereotipo de que la vejez gay representaba la contracara negativa de la vejez heterosexual. Por ejemplo, Douglas C. Kimmel sostenía que el envejecimiento gay no era traumático y sí lo era el de los heterosexuales.

 

Basándose en entrevistas en profundidad, elaboró la tesis de la “competencia en crisis”. Los varones homosexuales, a partir del turning point de la relevación de la orientación sexual, aprendieron a enfrentarse con distintas fuentes de rechazo social: desde la familiar, pasando por la escolar y la laboral. Esta circunstancia hizo de ellos precoces expertos en el manejo de crisis, administradores de la adversidad, campeones en el desarrollo de estrategias situacionales para salir airosos cuando todo el mundo quería aplastarlos.

 

Si miraban su ya larga vida, podrían apreciar cuánto habían logrado, a un punto tal que podrían dar crédito a aquellas famosas palabras de Friedrich Nietzsche: “aquello que no mata, fortalece” o “el veneno que hace perecer a las naturalezas más débiles, fortalece al fuerte.” Convertidos en “súper-hombres” de la vida cotidiana, la vejez no tendría chances de aparejar una crisis especialmente dramática puesto que todas ya las habían vivido y puesto que en su subjetividad yacía un stock de conocimientos de probada eficacia anti-cataclismos. La adversidad y el sufrimiento tempranos serían escuelas de vida decisivas para los gays viejos que Kimmel entrevistó en la segunda mitad de los años 70.

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El hombre homosexual, experto en crisis no tiene que aprender en la vejez a vivir solo, ni a cocinar, ni a lidiar con las cuestiones del hogar. Quienes sí deben pasar por ese aprendizaje son los pares etarios heterosexuales, característicamente porque enviudan. Así, a contrapelo de los estereotipos de variada procedencia, se tendría que la homosexualidad per se no es un factor de mal envejecimiento. No escapó al autor que los testimonios señalaran una serie de desventajas, pero las mismas no son imputables a la homosexualidad: los problemas de salud, y/o los ingresos monetarios insuficientes, y/o la depresión por la jubilación y por la des-socialización creciente, son cuestiones transversales.

 

Este enfoque está presente en investigaciones más recientes que siguen destacando altas capacidades de resiliencia en gays y también de lesbianas. Las mismas, además, enfatizan la variable “capital social,” que parecería jugar un papel para el mantenimiento de la alta estima de sí. El capital social tiene dos indicadores: los “amigos” y, sobre todo, la “comunidad gay” la cual no solamente se reconoce sino que se visualiza como un lugar donde desarrollar actividades. En breve veremos cómo otro enfoque cuestiona seriamente este postulado.

 

Las conclusiones de estas investigaciones son óptimas. Pienso que tal vez por demás. En su afán de brindar una versión alternativa de la vejez, la teoría de la competencia en crisis, llegado un momento, corre el riesgo de crear formas de invisibilización de realidades específicas del envejecimiento gay.

 

Las investigaciones en salud, por ejemplo, llevan a que nos preguntemos si la competencia en crisis no culminaría cuando los viejos gays se enfrentan a entornos médicos y de cuidados de la salud. En un estudio, el 18 % de los gays manifestaron una valoración negativa de los servicios de salud puesto que sus efectores son insensibles frente a la orientación sexual. En tanto que un 25 % de los gays dijeron que directamente no manifestaron su sexualidad o raramente hablaron de ella. Aún personas gays mayores que habían logrado hacer el coming out frente a sus familias encontrarían un límite cuando se hallan expuestos ante la mirada médica, frente a la que quedarían paralizados, retrocediendo y haciendo un coming in en lo que a comunicación de la salud respecta. En estos casos, más que ante la competencia en crisis estaríamos ante la extraña “competencia” de evitar situaciones de crisis sentidas como embarazosas debido al peso del estigma.

 

Viejos antes de tiempo

Esta percepción del almanaque interior está presente en el humor gay, en las películas que han consagrado como de culto, en los argots de los ámbitos de prostitución masculina y en las etiquetas de los websites pornográficos. Una vez leí que un investigador publicó un aviso clasificado en distintos medios comunitarios gays a finales de los años 70. Buscaba varones homosexuales de los “más viejos” que le concediesen entrevistas. Se sorprendió de haber recibido un número importante de respuestas por parte de personas que estaban entre los 30 y los 40 años.

 

No creo que sea adecuado hacer frente a esta percepción diciendo que los y las heterosexuales también perciben el paso del tiempo con precocidad. Y esto a pesar de que a muchos lectores no pasarán inadvertidas las publicidades de ropa interior para personas con “incontinencia urinaria moderada”, que según los expertos publicitarios, comienza a manifestarse después de los 55 años. Tampoco lo expresado debería servir para afirmar que los gays tienen una lectura “errada” de la realidad. Tenemos que tratar de ver desde adentro: ¿qué factores propios de la historia de la homosexualidad incidirán en este ritmo acelerado? Quisiera presentar dos conjeturas.

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Primera: los homosexuales que hoy son viejos fueron jóvenes en los años 60 y 70, por lo tanto, transitaron por entramados sociales, jurídicos y políticos adversos. Ya lo sabemos: era tal el nivel de represión y autorrepresión que muchos directamente se retiraban o no se involucraban en diversas oportunidades interaccionales por el miedo a ser descubiertos y ser masacrados por el descrédito. Recuerdo que en mis diálogos con viejos gays una de las expresiones que más surgía era “muerte civil”. Principalmente la familia era el lugar del que se pretendía huir. Ante semejantes retiradas de la vida social podemos plantear que, desde temprano, ellos sentían que se encontraban fuera de la historia o, por así decir, que la historia era algo que “les pasaba”, en tiempo y en experiencia, a los otros, es decir, a los heterosexuales. Por ejemplo, a sus hermanos y a sus hermanas que seguían cumpliendo con un conjunto de ritualidades dadoras de un sentido de que el tiempo transcurría.

 

Imposible no recordar a Iván (67 años): “¿Qué futuro podías esperar? No tenías nada ¡nada! por delante”. Si imaginariamente un almanaque funcionaba, ése era el de la sociedad heterosexual, el de ellos, el almanaque interno, estaba detenido. La vida era espectáculo obligado o algo semejante a un tren que veían pero no podían tomar. Los ritos de pasaje que vivenciaban los heterosexuales, como los de convertirse en padres, festejar la graduación de los hijos o, finalmente, ser abuelos, no eran vivencias “propias” de los homosexuales en aquellos contextos sociales y jurídicos.

 

Es probable que se encuentre allí parte importante de la clave de esta alteración de la temporalidad: aquellas personas habrían vivenciado las mismas etapas que los heterosexuales -habrían compartido la historia- pero sólo hasta la adolescencia, el momento del descubrimiento sexual y, en consecuencia, del subsiguiente ocultamiento y de la retirada de la corriente de las vivencias socialmente pautadas, las vivencias de quienes quedaban “adentro” de la historia. En estas condiciones, “jóvenes” solamente podrían ser los heterosexuales porque solamente ellos cumplían dentro de la “juventud” con los ritos socialmente convencionalizados. En cambio, los homosexuales, privados de estas posibilidades, “saltaban” directamente desde la adolescencia a la “madurez”. El envejecimiento, en consecuencia, les quedaba mucho más cerca. Qué horror.

 

Segunda conjetura sobre el sentimiento de precocidad: ¿Cómo no ponderar en este “gran” salto adelante la influencia del sentimiento de pérdida y duelo de la época del SIDA? Justamente estas generaciones de homosexuales la vivieron. En esa tremenda coyuntura también tuvieron que hacerse grandes aceleradamente, crecer de golpe, experimentando en plena juventud gigantescas pérdidas afectivas, esas pérdidas que sus pares heterosexuales muy por lo general comenzarían a experimentar en su vejez. Como vemos, nuevamente un proceso dramático llevaría a estas personas rápidamente hacia la vivencia de eventos propios de otra etapa de la vida. Otra vez, el horror. ¿Cómo, bajo estas condiciones, no sentirse maduro antes de tiempo? Este es el quid de la cuestión.

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Una reflexión aparte, que puedo presentar mas no desarrollar aquí, es que esa percepción del tiempo varía según los entrevistados sean gays o lesbianas. El investigador Robert Schope dirigió una encuesta en la que preguntó cómo percibían que la “sociedad gay” y la “sociedad lesbiana” percibían el envejecimiento gay y lesbiano. Las respuestas tenían que ubicarse en una escala que incluía: “terrible”, “tolerable”, “aceptable”, “buena” y “fantástica”. En un porcentaje significativo los varones eligieron las opciones “terrible” y “tolerable”, en tanto las lesbianas las opciones “aceptable”, “buena” y “fantástica”. Luego, les preguntó cómo veían su propio envejecimiento. Aunque con menos énfasis, la tendencia general se mantenía: una visión bastante más negativa por parte de los varones.

 

Lugares que aún no existen

Existe una idea que no hemos explorado lo suficiente: el estrés en la vejez, en particular, el que pueden sufrir quienes pertenecen a grupos discriminados. Primero quiero presentar una definición, que tomo de Ilan Meyer: “el estrés puede ser definido como cualquier condición que tiene el potencial de despertar la maquinaria adaptativa de una persona. Utilizando el análisis de la ingeniería, el estrés puede ser descrito como una carga respecto a una superficie de apoyo. Al igual que una superficie se puede romper cuando el peso excede su capacidad para soportar la carga, el estrés psicológico ha sido descrito como un punto de ruptura a partir del cual un organismo puede llegar al “agotamiento”. Por un lado están los “estresores generales”, que son ubicuos y que todos somos candidatos a padecer, por ejemplo: la pérdida de seres queridos, situaciones crónicas como la falta de empleo o la aparición de una enfermedad crónica. Por otro lado, existen factores cuya incidencia no es ubicua porque afectan a los integrantes de grupos minoritarios catalogados negativamente. Son los “estresores de minorías”: el silencio, la invisibilidad, las agresiones, la indiferencia, etcétera. Si recordamos la pertenencia generacional de las personas cuyo envejecimiento queremos comprender, podemos decir que son candidatos con muchas chances de padecer lo que Meyer llama “estrés de minorías”.

 

Es interesante comparar esta visión con la de la “competencia en crisis”. Si ésta pone el acento en la “idoneidad”, cuando hablamos del estrés tenemos que la idoneidad es una de las respuestas posibles de la maquinaria adaptativa de las personas hundidas en contextos de discriminación. Pero no hay nada de necesario en ello. La otra respuesta de la maquinaria puede ser, justamente, una “no respuesta”, producto de la incapacidad de elaborarla. El estrés de minorías se produce tras el agotamiento subjetivo ante un conjunto de circunstancias (reales e imaginadas) que abruma a los viejos gays, atascándolos, en términos generales, respecto de la acción. Es a partir de entonces que afloran la depresión, el aislamiento, la soledad, el malestar.

 

Pero cuando pensamos el estrés de las minorías, es necesario explorar la idea de que pertenecer a una minoría puede tener un resultado positivo: justamente la pertenencia permitiría resolver el estrés y convertir a los gays mayores en sujetos “competentes” para enfrentar lo que tengan que enfrentar. Más allá de que podamos presentar miles de sospechas acerca de la noción sociológica de “minoría”, vale la pena seguir el argumento.

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Meyer propone pensar la diferencia entre envejecer “individualmente” como gay y envejecer como “miembro” de la minoría gay; una distinción que trae rápidamente a la polémica la cuestión del “capital social” y el “capital institucional” de los sujetos discriminados. O mejor dicho, la cuestión de la “relación” entre ambos capitales, ya que sin el segundo no podría ni lograrse ni mantenerse el primero. El capital social refiere a la pregunta: ¿con qué personas puedo “capitalizarme”, enriquecerme subjetivamente?, en tanto que el capital institucional hace referencia a los medios instituidos que la gente dispone para lograr ese enriquecimiento. Concretamente, si estas personas viejas o en proceso de envejecimiento no tienen adonde ir ni en donde permanecer, se encuentran privadas de interacción y, en consecuencia, se volvería difícil construir y salvaguardar la estima de sí.

 

Por un lado, es muy probable que manejen en potencia nuevas ejes cognitivos referidos a la homosexualidad (imágenes suministradas por medios de comunicación que dejaron de demonizarlos). El problema es que sin un complemento (un “plug in”) que los ponga en funcionamiento esos ejes están destinados a convertirse en letra muerta. Ese plug in tiene que ser institucional.

 

Esto plantea un gran interrogante que desplaza el análisis hacia dimensiones de la cuestión que recién ahora están asomando en la política pública. ¿En dónde, en qué lugares estos gays podrán socializarse, encontrarse, reconocerse y desarrollar un sentimiento de pertenencia que neutralice las imágenes negativas de la vejez gay? La pregunta es significativa ya que -aunque hoy es necesario revisarlos- varios estudios demuestran que existe por parte de gays adultos y adultos mayores una tendencia a retirarse de los circuitos de socialización con propósitos socio-sexuales (bares, saunas, discotecas), circuitos que ven con un importante sentimiento de exterioridad y ajenidad, a lo cual habría que sumar la sensación de extrañeza derivada de la denominada “brecha digital”.

 

Pero no están solamente las cuestiones identitarias, también están las relativas a la salud y a los cuidados en general: ¿cuáles son esos lugares? ¿hay que crearlos? Y también: ¿cómo transformar los que ya existen en ámbitos que alienten la comunicación de los problemas de salud física y de malestar psíquico por parte de sus “nuevos” usuarios? Por último, un gran tema: ¿qué tendría que hacerse para que los efectores de salud aprendan a hablar sobre las cuestiones que suceden en ese mundo que su formación profesional no los alentó a visibilizar?

 

Para que se pueda envejecer acompañado de imágenes dignificantes hace falta un entramado institucional que aún no existe ni como “forma social pura” ni como parte de la agenda de un programa integral de política pública destinada a la vejez LGTB. Esa ausencia impediría poner a favor del envejecimiento gay la pertenencia minoritaria. En Argentina estamos empezando muy de a poco. La experiencia del Centro Cultural Puerta Abierta es interesante, primero, como iniciativa en sí misma y, luego, como indicio de que el tema está entrando en agenda.

 

Para cerrar, vale recordar que estas reflexiones se ciñeron a los varones homosexuales que en la actualidad son viejos o están en proceso de envejecimiento (y también a los que ya no están), es decir, a la vejez de “sobrevivientes” del silencio y la invisibilidad. No dudo que este artículo no podrá escribirse tal como se lo leyó cuando comiencen a envejecer los jóvenes de hoy.

 

Ernesto Meccia

Artículo publicado en el sitio web www.sentidog.com

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