La terrible experiencia del secuestro

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Secuestrar es retener indebidamente a una persona (por minutos, horas, días, meses…) para exigir dinero por su rescate, o para otros fines. El secuestro en Latinoamérica se ha vuelto tan común que cualquier persona puede ser la víctima. Ésta es la terrible experiencia que tuve varios meses atrás. La vida no es la misma después de un secuestro, y doy fe de ello. 

Por: Israel Mendoza Torres[i]


 

© RandyBlue Modelo Tyler

 

La mayoría de las veces en que escribo esta columna es en casa de mis padres. En lo que alguna vez fue la recámara que compartíamos mi hermano mayor y yo. La acondicioné como una recámara-oficina. Un sitio sumamente cálido. Desde ahí escribo mis colaboraciones; también, para otros medios informativos. Esa habitación es tan cómoda: huele a flores, a libros (muchos libros), a papel, a tinta, a discos, películas en Dvd…

 

Eran las cinco de la tarde. Comenzaba a guardar mi computadora personal. Mi madre y hermana salieron al centro comercial. No tardaron mucho: quizá una hora y media. Aproveché para bañarme. Salí con el pelo escurriendo de agua. Corrí rápidamente a mi recámara. Cerré. Me arreglé; todo parecía una tarde especial. Me reuniría con mi compañero sentimental (como todos los días entre semana en que ultiman nuestras actividades acostumbradas).

 

Mis parientes llegaron. Yo estaba con un pie, prácticamente, fuera: era hora de marcharse. Me despedí de mi hermana. Mi mamá me acompañó hasta la puerta de la calle (acción acostumbrada por ella y anhelada por mí). Con un beso me incliné para que me entregara su bendición. “Te vas con mucho cuidado”, me dijo.

 

Abordé un taxi. Bajé a una corta distancia para aguardar una camioneta de transporte público que me trasladara hasta la capital de la Ciudad de México. Así fue. El viento, que lograba colarse por la ventanilla casi abierta, golpeaba mi cara. Dormité un poco; no podía leer mi libro en turno por falta de iluminación natural y mi cansancio. El cielo en penumbra amenazaba con una torrencial lluvia. No estábamos estacionados en temporada de lluvia. En fin. Al clima lo hemos hecho enfadar, y en serio.

 

Hemos llegado a nuestro destino. Descendí de la camioneta y caminé hasta el puente que conecta al Metrobus. Antes me detuve a ver unos libros viejos que vendían cerca. No me interesó nada y me marché. Subí a ese autobús articulado con dirección a la Colonia Del Valle. En mi recorrido veía una cantidad mesurable de gente que abordaba y descendía del vehículo.

 

En uno de esos momentos subió una familia. Fue verdaderamente asombroso y admirable verla conformada por indígenas y una joven rubia. Admirable porque el amor no tiene color de piel ni raza ni color ni idioma ni sexo ni preferencias sexuales… y ellos lo demostraron. Venían con dos niños: una mujercita que aún la traían en reboso y un chiquillo de 4 o 5 años, aproximadamente.

 

El pequeño venía con el matrimonio joven (con la rubia). Volteó a verme y se sonrió. Yo lo vi. Me recordaba mi niñez. Le sonreí. Sus padres volvieron hacia mí y sonrieron también. Era un chico travieso. Se colgaba de uno de los pasamanos dando vueltas. Suficientemente curioso: quería saber todo por todo. Así era ese niño: sin maldad, sin problema alguno; honesto y sin capacidad de ser hipócrita ante los demás. Sólo pedí a Dios le bendijera siempre para que fuera un hombre de bien. Bendiciones a su familia también imploré. ¡Qué bella familia!

 

Descendí del Metrobus. Ahí esperaría a mi compañero sentimental. En ese momento no llevábamos automóvil: un mes atrás había chocado en una carambola y se encontraba en el taller. ¡Vaya, qué suerte! Y el cielo ya no podía aguantarse más, llovería, eran un hecho.

 

Me senté en el paradero que está frente a la estación del transporte en el que me trasladé. Tomé mi libro y lo abrí en donde el separador me lo indicaba. Leí dos páginas y el hombre que esperaba llegó. Nos saludamos como a cada encuentro nuestro.

 

Nos dimos cuenta que no traíamos con nosotros el suficiente cambio para pagar el servicio de taxi. Los choferes de estos automóviles particulares de transporte no siempre reciben billetes de más de cien pesos; sólo si el taxímetro indica una cantidad cercana a esa denominación. Decidimos a travesar avenida Insurgentes para llegar a una tienda de abarrotes que se encontraba al otro extremo (Insurgentes norte-sur) a cambiar un billete. Entramos indecisos sobre nuestra compra. Tomamos dos sándwiches y un jugo de manzana del congelador. Pagamos.

 

El joven cajero nos indicó que no tenía cambio de un billete de doscientos pesos. “¿Cómo va a ser eso posible?”, le indicó, con firmeza y sin molestia, mi pareja. Una de las chicas, que también labora en esa tienda de 24 horas, se hallaba contando dinero: monedas y algunos billetes de veinte pesos. El chico blanco, con descuidada apariencia y gorra, revisó nuevamente y se dio cuenta del error. “Sí, disculpen”. Nos entregó el cambio y salimos de la tienda con un “gracias, buenas noches”.

 

Volvimos al extremo de la avenida —donde originalmente nos encontrábamos—. Comenzaban a caer las primeras gotas de lluvia. Irrefutablemente. La noche era estable, acogedora. Hicimos la señal de solicitud a un taxi que circulaba por allí y no se detuvo; venía ocupado. El próximo taxi que vimos venir tenía que ser el ‘bueno’. El reloj marcaba las 10 de la noche. El conductor nos miró desde el cristal. No se detuvo al instante: un metro de distancia después. Volvimos la cabeza y nos dimos cuenta que se había parado. Nos dirigimos apresurados al auto.

 

Abordamos el taxi. Inmediatamente después de habernos subido, dijimos “buenas noches” al conductor. Él no contestó. Sólo miraba por el retrovisor izquierdo. Después, con una sonrisa fingida, correspondió al saludo, el hombre moreno de 30 o 35 años, aproximadamente. Le indicamos a dónde nos dirigíamos y por dónde irse. Así lo hizo.

 

Nosotros nos miramos con la complicidad sentimental que nos une. Nos guiñamos el ojo, sin ser evidentes, y le entregué el sándwich que había elegido en la lonchería. Él ya tenía apetito; se sentía un poco raro: el azúcar quizá había bajado sus niveles. Yo sólo pensaba comer un trozo de ese rico emparedado de carnes frías. Mi pareja le dio una mordida y le pregunté si sabía rico. Él me hizo una seña con su mano izquierda que no estaba mal; tampoco tan sabroso.

 

El taxista nos miraba por el retrovisor que consumíamos los alimentos. Le descubrí; no le tomé importancia al asunto. Ya estábamos dando vuelta. Nos detuvimos en el primer semáforo, marcaba la luz roja: al costado derecho estaba un edificio en donde las sillas de todo tipo de modelos únicos se venden. El olor al pavimento húmedo era evidente. El volumen de la estación que marcaba el estéreo del taxi era tenue.

 

No sabíamos que nuestra vida cambiaría a pocos metros, pocos minutos de ese semáforo en alto. No pensamos que esa era la oportunidad perfecta para descender del automóvil y cambiar nuestro destino. No fue así. Quién lo sabría. Sólo tres personas. Y esas jamás nos lo advertirían. Por supuesto que no. Ese era el plan.

 

Pasamos a la segunda calle. Al costado izquierdo está una tienda de abarrotes (similar a la primera en donde cambiamos el billete); afuera hay un vendedor de tamales y atole —en cierta ocasión le compramos—, y una señora vendiendo esquites y elotes. Enseguida, en la esquina, una local de tacos al pastor y otros ingredientes más (enfrente un local, color aluminio, de flores sobre el camellón). Dimos vuelta en esa esquina.

 

Justamente en la calle donde los tacos, pero en la esquina (derecha, se detuvo el taxista. Estaba muy oscuro. Comúnmente está así desde que circulábamos por ahí. No hay alumbrado público. Me di cuenta que no había problema para salir. Por qué se detenía el taxista. Estuve a punto de indicarle que no tenía problemas, que estaba libre para pasar. Pero esos segundos fueron los puntos clave.

 

Inmediatamente volví mi cara hacia el lado derecho, pasé mi mirada a través de mi pareja (que se encontraba de ese lado) y logre ver a dos tipos que se acercaban. Un golpe muy fuerte se escuchó en las portezuelas del automóvil. Como si hubieran pegado en un tambor. No podía creerlo. El taxista no hacía nada por alejarse, por huir, por impedir que abordaran. Abrieron las puertas con cierta dificultad del lado derecho: la delantera y trasera.

 

“Háganse para allá hijos de su puta madre” dijo el hombre que se subió con nosotros atrás: apiñonado, corpulento, alto (quizá 1.80 metros de estatura); traía consigo un pantalón de vestir oscuro, chamarra de piel negra que brillaba (parecía nueva) y camisa clara. El terror apenas comenzaba. No sabíamos qué hacer. El miedo, coraje y la impotencia nos invadió. En ningún momento escuchamos que el sujeto delantero, le indicara al taxista a dónde dirigirse. Sólo sentimos que el auto se desplazó rápidamente.

 

Ese mismo sujeto, que vestía muy similar al otro, nos mostró un desarmador largo (tal vez unos 20 centímetros). “No les va a pasar nada si cooperan con nosotros”, nos dijo. Atrás, con nosotros, el hombre (que no tiene ni una sola cualidad para llamarle así; sólo varón, por los genitales masculinos) nos reveló las instrucciones; las memorizó, puedo asegurarlo, parecía un speech (pequeño discurso).

 

­—Miren, no hay por qué recurrir a la violencia. Si hacen lo que les digamos se van a poder ir rápido y aquí no pasó nada… ¿Se quieren ir?

 

Nos preguntó con petulancia y burla. No sabíamos qué decir, sólo lo que nos venía a la cabeza para que todo pasara rápido. Mi pareja le dijo con nerviosismo, pero sin perder la cordura:

 

—Estamos jodidos. No tenemos dinero. Sólo lo del pasaje. Vivimos al día.

—Nosotros también; por eso hacemos esto.  Vengan los celulares… denme los celulares… ¡Ay, están chidos éstos! Denme las mochilas… quítense los lentes y me van a cerrar bien los ojos. No los abran o los pico. Y ¿no quieren eso, verdad? Somos de la PGR. No hagan ninguna pendejada o les meto un balazo. Atrás viene un Stratus (modelo de automóvil) siguiéndonos. El chofer ya se dio cuenta. ¿Verdad taxista?

 

El taxista respondió sin ninguna aflicción. No había temor en sus palabras. El olor a angustia, terror, miedo que nosotros transpirábamos no se distinguía en su voz.

 

—Sí, ya lo vi.

—Ya ven; estamos hablando al chile. Somos de la PGR, y en nuestros ratos libres hacemos esto. Ya ven que la crisis está muy dura. Así es que ni se les ocurra denunciarnos porque los vamos a encontrar y ahora sí les metemos unos plomazos. ¿Entendieron?

—Sí.

 

Los nervios nos traicionaban y abríamos los ojos. El sujeto que todo el tiempo estuvo a nuestro lado nos indicó con mezquindad.

 

—No me abran los ojos; ya les dije. No les quiero hacer daño… ya les dije. Si no quieren que los pique mejor manténganme cerrados los ojos y así todo es más fácil.

 

El tipo de enfrente comenzó a hurgar nuestras pertenencias sin minuciosidad. Leyeron nuestras identificaciones. Nos preguntaron dónde vivíamos. En ese momento pensamos que nos dirigiríamos para allá. El miedo nos apretaba el cuello.

 

El olor a loción (que aún no logro identificar) provocaba nauseas en mí. Trataba de escuchar con atención. De acercarme a los sonidos con prolijidad. Trataba de contar mentalmente las vueltas que dábamos en el auto. Fueron las suficientes para olvidar cuántas recorrimos. La lluvia se calmó; lograba escuchar y oler su ausencia. Todo parecía rápido. Recorrían con sus manos nuestros portafolios. Insistentemente nos preguntaron dónde trabajábamos; no les dijimos.

 

—Estamos jodidos. Soy desempleado y sólo voy a la escuela. Y él es empleado de un área administrativa. Ya ven que ellos no ganan lo suficiente.

 

Le dije con seguridad para no delatarme. Y él así lo entendió. No había motivos para no creernos: no somos ostentosos en nuestra vestimenta. Tampoco traíamos tarjetas de crédito. Sólo dinero en efectivo.

 

—Estamos cooperando, no nos hagan nada.

 

Le dije con insistencia. Y parecía entender la suplica.

 

— ¿Ya se quieren ir? Ya casi acabamos, no se me preocupen. No pasa nada. No les estamos haciendo ni un rasguño. Pero si se siguen portando como hasta ahora los vamos a dejar ir rápido. ¿Ya ven que no hay necesidad de violencia? Creo que vale más su vida que lo material. Ustedes aprecian más su vida que lo que traen, ¿no? Porque es más valiosa una vida que cualquier cosa.

Copyright © AdamBouska Modelo Cody F

 

Habíamos perdido la noción del tiempo. Sólo queríamos, suplicábamos, mentalmente que toda esa pesadilla se acabara. No pedíamos más. Rezábamos lo que nos sabíamos desde nuestra niñez, lo que acostumbrábamos pedir, lo que estuviera a la mano en nuestra memoria.

 

El mismo tipo que seguía atrás con nosotros nos revisó la vestimenta, que no trajéramos nada. Nos exigió que nos dobláramos las mangas para mostrarles si traíamos relojes o accesorios.

 

—Quiero que me entreguen relojes, cadenas de plata o oro (sic). Medallitas; todo lo que traigan. Y nada de pendejadas, porque si les reviso y les encuentro algo de valor no se las van a acabar, me los pico. Mejor flojitos. Más vale su vida, ya les dije.

 

Cada palabra, cada insinuación, cada susurro, cada movimiento, cada soplar del viento eran aterradores para nosotros. Con los ojos cerrados le pedía a mi pareja, con dolor, que por favor no abriera los ojos. Tenía mucho miedo… terror de que le hicieran daño. Siempre nos mencionaron una pistola; nunca la vimos o la sentimos o la escuchamos.

 

Éramos el taxista, los dos tipos que se subieron abruptamente y nosotros dentro del vehículo; no nos percatábamos del ruido de otros automóviles, de las personas, de alguna patrulla. La escena se tornaba cada vez más hostil. Pensé que sería la última vez que sentiría la brisa de aquella noche contrastante.

 

—Tú taxista ¿cuánto traes de dinero?

—Como 700 pesos.

—Pues vienen. Te voy a quitar el estéreo, sí tienes, ¿no?

—No, no tengo.

 

Inmediatamente logre abrir el ojo izquierdo (ese que no lograban verme) y pude darme cuenta que el taxista sonreía después de negarle, al infame de adelante, el radio estéreo que sí tenía instalado en su automóvil. Jamás escuchamos que buscaran en el automóvil. Sólo se escuchaban los cierres (braguetas) de algunas bolsillas de nuestros portafolios. Fueron interrumpidos por nuestro acompañante cercano.

 

—Sabes qué, hay que apurarnos porque este pinche taxista es de sitio, ¿verdad, taxista?

—Sí

—Ahorita nos van a estar localizando por vía satélite. No se preocupen ya se van a ir.

 

Esa misma advertencia, y a la vez esperanza, la veníamos escuchando casi desde que se subieron. Pensamos que sólo estaban burlándose de nosotros. Que querían sembrarnos más miedo del que ya nos cubría. Lo único que respirábamos era intranquilidad, miedo, dolor, angustia, impotencia…

 

Pero la advertencia última parecía tener validez esta vez.

 

—Tomen sus mochilas. ¡Qué las agarren! Cuando se detenga el taxi se van a bajar del lado en que yo me baje. Sin abrir los ojos se recorren hasta la puerta. Con la cabeza hacia abajo van a caminar dándonos la espalda. Si voltean les meto un balazo a cada uno. Y no me estoy andando con pendejadas. Van a caminar sin voltear o el carro que nos sigue se los echa.

 

Así fue. Memorizamos las indicaciones. No queríamos equivocarnos. Sería fatal. Al menos así nos lo hicieron saber. Y no deseábamos averiguar nada más. Pero nos reiteró, con profunda prepotencia, su procedencia policial: la PGR. Y que no nos atreviéramos a hacer denuncia alguna o lo lamentaríamos en serio.

 

Hasta ese momento “cooperamos” con los delincuentes. No hicimos ninguna acción que los pudiera molestar. Acatamos sus órdenes tal cual nos las indicaron. El miedo también nos propició de fortaleza para ser inteligentes y mantener la situación controlada (dentro de nuestras posibilidades).

 

Y así ocurrió. Bajamos del automóvil. Nuestro acompañante de lugar esperó a que descendiera yo, que estaba al último, y nos tomó del hombro a cada uno. Comprobé que el tipo era muy alto y corpulento. Cuando agaché la cabeza traté de ver, con el rabillo del ojo, el auto. No encontraba señal de las placas. Y decidí no arriesgarme más y bajé la mirada. Tomaba del brazo derecho a mi pareja. Estábamos muy nerviosos, asustados, aterrados.

 

—Ya saben lo que tienen que hacer. Y cuidadito, que los estoy vigilando…

 

En ese momento me vino a la mente que nos apuntaría con el arma y la dejaría ir contra nosotros mientras andábamos sobre la acera.

 

Caminamos como nos lo señalaron. Sobre esa misma acera, y sin decir nada, había gente en un puesto ambulante de quesadillas, gorditas… unos de pie y otros sentados sobre la guarnición despintada de la banqueta: algunos jóvenes con camisetas blancas; unos rapados. ¿Por qué nos dejarían a la vista de esa gente? Quizá, sean del barrio. Por eso la gente nos miró y no hizo absolutamente nada, nada.

 

Por un momento me tropecé con un tubo que sostenía la lona amarilla que cubría el negocito. Y logré esquivar el obstáculo para no caerme y no retrasar más nuestro andar. Seguimos caminando. Le pregunté a mi pareja, después de alejarnos de esa gente y con la calle comenzándose a dibujar en penumbras, si se encontraba bien. Afortunadamente su respuesta me tranquilizó.

 

Con los brazos cubriendo nuestros portafolios, él con el mío y yo con el suyo, seguimos. Teníamos que desaparecer de ahí lo antes posible pero con mucha precaución. Y se me ocurrió una idea; quizá era parte de la mera intuición.

 

—Vamos a caminar dos calles más y damos vuelta a la izquierda

—Sí

 

No me preocupaba nada más que alejarnos de esa dirección en que nos enviaron. Dimos la vuelta como quedamos. La vimos muy solitaria esa esquina. Estaba sin luz. Pero era perfecta para huir. Necesitábamos llegar a una avenida. Requeríamos alejarnos. Nos topamos con dos señores de pelo blanco. Les pedí que nos orientaran, que nos dijeran en dónde nos encontrábamos. Y les revelamos que habíamos sido secuestrados a bordo de un taxi y dejados ahí, sin dinero.

 

Ellos nos indicaron en qué colonia estábamos. Eran las 12: 15 de la noche, así nos lo informaron. Estuvimos en cautiverio poco más de dos horas, mismas que nos parecieron eternas, demasiadas.

 

Me vieron muy nervioso, y la señora, amablemente, me dijo que primero respirara, que me tranquilizara. Fue en ese momento cuando mi pareja hizo la parada a un taxi para que nos fuéramos de ahí. Agradecimos a los señores, a quienes enviamos bendiciones.

 

Llegamos a casa, sanos y salvos, en el segundo vehículo que abordamos. Brevemente le comentamos al taxista y él dijo que era casi de todos los días. Le pareció tan normal como normal es el tráfico en esta ciudad. Este tipo de experiencias ya no sublevaban a los demás.

 

Al llegar, llamamos a nuestros familiares para informarles y no fueran victimas de extorsión. Quisimos dar de baja nuestros teléfonos celulares; Telcel atiende hasta las 10 de la noche —deberían de asistir las 24 horas, sobre todo en la noche cuando este tipo de inesperados eventos ocurren—. No hubo forma de avisar a nadie más. Cuando nos sentamos en el desayunador, nos miramos y dijimos “gracias a Dios estamos vivos”.

 

Se levantó. Dio la vuelta y llegó hasta mí ese ser que amo con toda mi alma. Lo miré y no pude más: el llanto se apoderó de mí, mientras mis brazos recorrían su espalda en busca de protección. Le abracé con añoranza. Percibí su olor. Sentí su piel. Y le reconocí: estábamos juntos y con vida. Me tranquilizó con palabras que sólo él sabe pronunciar en momentos difíciles. Yo sólo le dije “te amo”.

 

El resto de la noche fue en vela. No pude conciliar el sueño: a cada intento de cerrar los ojos veía aquella escena aterradora, el desarmador señalándonos. Olía al desagradable hecho.

 

Los días posteriores no fueron nada fáciles. Terribles. La cabeza me daba vueltas. Veía acercarse taxis y me escondía detrás de un poste o paradero cercano. Escuchaba voces detrás de mí y volvía inseguro. Nada volvió a ser igual. Sí, si provocaron un daño: el psicológico. Ese daño es mucho más lacerante que cualquier otra cosa.

 

Secuestro de un País, de América Latina

 

La inseguridad emocional se apodera de las víctimas del secuestro. La denuncia es nuestro deber, pero cuando se entrelazan el miedo y el deber, siempre hay que elegir. Acudir al Ministerio Público es entrar a un nuevo y peor infierno con los mismos actores, pero reforzados.

 

El enemigo está en casa. No queremos averiguar si pertenecían a la PGR (Procuraduría General de la República en México), como nos lo presumieron; sólo queremos vivir en paz. Quedaba una opción y por esa optamos: la denuncia anónima.

 

Ésta es mi denuncia pública. Un acto más de los miles que ocurren en este país, en los mismos lugares. No coloqué nombres de las colonias por seguridad nuestra.

 

Estamos hartos del vivir con miedo. De seguirle pagando a uno barbajanes que sólo se burlan de nuestra inteligencia. De pagarle a gente inepta que sólo se sienta en las curules a dormir, levantar la ‘manita’, cubrir la asistencia, revolcarse en la trifulca de ideas… para después pasar por un cheque enorme (mismo que ellos se avalan).

 

Estamos hartos de que nos quiten lo que, con esfuerzo, hemos obtenido. Estamos hartos de vivir secuestrados en una vil contienda electoral en donde los principales actores creen estar en un corral esperando comida, y más comida, y más comida.

 

Esa clase de políticos, que nos ven por encima del hombro, no son más que delicadas marionetas capaces de cortarle los hilos a quien le signifique una amenaza. Son sólo pandilleros de alcantarilla que se perfuman; la podredumbre se percibe, aún, a través de las fragancias y telas importadas.

 

Latinoamericanos o no, no podemos permitir que sigan haciendo de nuestros países un chiquero mientras ellos viven en la casa grande. Somos seres humanos, no esclavos de cobardes, mediocres e ignorantes. Porque es más ignorante un político, servidor público, que se enriquece a costillas de los trabajadores que aquellos que llaman ‘indios’ (los indios están en India; se llaman indígenas y son el tesoro de nuestras raíces).

 

No sólo salgamos a decir quién merece ser un “mexicano o venezolano ejemplar”, empecemos educándonos, leyendo, estudiando nuevas culturas para construir un cerco de personas pensantes, y no de esclavos. Necesitamos liberarnos de este lúgubre letargo.

 

Venezuela y México siguen sufriendo secuestros diarios. La policía no le da seguimiento si se trata de un homosexual. Y existen muchas maneras de secuestrar a un homosexual: saliendo de la disco (antro o discoteca), que suele ser lo más común; contactando a sus presas a través de los sitios de contacto gay o de las redes sociales, haciéndose pasar por una buena persona.

 

Tengan mucho cuidado. Salgan a disfrutar de la fiesta, pero con mucha precaución.

 

 

 

NOTA: Por razones de seguridad, nombres y direcciones fueron omitidos. Las casi nulas condiciones de seguridad que ofrece el Gobierno mexicano, y de entidades latinoamericanas,  nos obligan a denunciar de esta manera.

 

IMPORTANTE: Copyright © 2010 Israel Mendoza Torres. La columna ‘Emparejados’, así como El logotipo y nombre de ‘Emparejados’, están resguardados bajo los términos del Derecho de Autor. Prohibida su reproducción parcial o total sin autorización por escrito de su autor.

Para contactar al autor de esta columna periodística

 

E-mail: israel_mendozat.orbitagay@yahoo.com.mx

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Twitter: http://twitter.com/israel_mendozat

 

[1] Escritor. Periodista. Comunicólogo

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