#IMPACTO: La sirena venezolana que quería ser hombre

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“En vano quiero distraerme del cuerpo

y del desvelo de un espejo incesante
que lo prodiga y que lo acecha”

Jorge Luis Borges 

Imagina despertar un día con un cuerpo que no es el tuyo, con una identidad que no te pertenece, con un nombre incorrecto. Imagina estar parado delante de todos y que nadie te reconozca. Esto enfrentaba Laura todos los días de su vida, hasta que decidió cambiarlo todo. Esto no es ficción, es una historia cotidiana de discriminación.

Por Juan Carlos Figueroa (*)

Aunque Laura no había estado tan feliz como ahora, la suya no es una felicidad absoluta. Cuando se está tan cerca de alcanzar un sueño, cuando se puede llegar al punto de olerlo y tocarlo, siempre aparece un pequeño temor a perderlo todo en el último momento. Es miedo a que algo salga mal y también incertidumbre por no saber lo que pueda pasar luego. Es quizás un matiz prudente que evita que se pueda morir de tanta dicha. Y es que Laura, una chica de 21 años habitante del costero estado Vargas (Venezuela), está que muere de alegría. El responsable de todo este sentimiento que la posee hasta el último de sus nervios es un pequeño recipiente de vidrio que tiene en sus manos. Hoy por fin va a poder usarlo.

Cuenta la historia del poeta Hans Christian que, hace mucho tiempo, una joven sirena se enamoró de un ser humano, no de uno cualquiera, sino de un príncipe. Cuenta también que su corazón se despedazó cuando reconoció que por su naturaleza jamás podría casarse con ese hombre. En su desesperación, la sirena fue a buscar a la bruja del mar para pedirle que la transformara en humana. Y así fue. La hechicera le entregó una pócima mágica que convertiría su aleta en piernas. Pero le advirtió que, aunque tendría lo que quería, debía pagar con un gran dolor: cada vez que pusiera un pie en el suelo sentiría como si caminara sobre cien cuchillos afilados. Ella, aun así, aceptó.

Lo que tiene Laura en sus manos es su propia poción mágica. Gracias a ella también se transformará. Usarla podría hacerla sufrir, pero no importa. Ella, así como la sirena del cuento, está dispuesta a entregarlo todo para lograrlo. Además, tiene a su favor una carta con la que muy pocos contarían: Carmen, su mamá, es su principal cómplice.

Laura es una chica de ojos marrones claros y cabellos cortos. Piel blanca, suave, como si el sol del litoral no la tocara casi nunca. Robusta, con curvas que sus acostumbradas ropas anchas mantienen siempre disimuladas. Nada de faldas o escotes. Siempre camisas deportivas o de cuadros muy grandes. Es por costumbre juguetona, echadora de broma, con una risa que siempre aparece en forma de carcajadas y que hoy hace más bulla que nunca.

Por fin llega a su casa, en La Guaira, muy cerca del mar. Carmen la está esperando en el cuarto. Laura entra en la habitación, le entrega el pequeño recipiente y casi de inmediato se recuesta de espalda en la cama. Frente a la emoción de Laura, su mamá intenta poner seriedad al momento. “Me va a doler”. Como si fuera una enfermera experta, la señora comienza a preparar una inyectadora con el líquido que contiene la ampolla que acaba de recibir. “Tranquila que no te va a doler”. El líquido es provirón, un andrógeno, un concentrado de testosterona. “No te muevas”. La aguja entra en su piel. Felicidad, miedo, esperanza. La pócima empieza una carrera a toda velocidad por sus venas. Y Laura comienza a morir. Así tiene que ser. Ella tiene que morir para que él viva, para que Sebastián pueda vivir.

sirena venezolana

 

“En vano quiero distraerme del cuerpo

y del desvelo de un espejo incesante
que lo prodiga y que lo acecha”

Jorge Luis Borges 

Imagina despertar un día con un cuerpo que no es el tuyo, con una identidad que no te pertenece, con un nombre incorrecto. Imagina estar parado delante de todos y que nadie te reconozca. Esto enfrentaba Laura todos los días de su vida, hasta que decidió cambiarlo todo. Esto no es ficción, es una historia cotidiana de discriminación.

Por Juan Carlos Figueroa (*)

Aunque Laura no había estado tan feliz como ahora, la suya no es una felicidad absoluta. Cuando se está tan cerca de alcanzar un sueño, cuando se puede llegar al punto de olerlo y tocarlo, siempre aparece un pequeño temor a perderlo todo en el último momento. Es miedo a que algo salga mal y también incertidumbre por no saber lo que pueda pasar luego. Es quizás un matiz prudente que evita que se pueda morir de tanta dicha. Y es que Laura, una chica de 21 años habitante del costero estado Vargas (Venezuela), está que muere de alegría. El responsable de todo este sentimiento que la posee hasta el último de sus nervios es un pequeño recipiente de vidrio que tiene en sus manos. Hoy por fin va a poder usarlo.

Cuenta la historia del poeta Hans Christian que, hace mucho tiempo, una joven sirena se enamoró de un ser humano, no de uno cualquiera, sino de un príncipe. Cuenta también que su corazón se despedazó cuando reconoció que por su naturaleza jamás podría casarse con ese hombre. En su desesperación, la sirena fue a buscar a la bruja del mar para pedirle que la transformara en humana. Y así fue. La hechicera le entregó una pócima mágica que convertiría su aleta en piernas. Pero le advirtió que, aunque tendría lo que quería, debía pagar con un gran dolor: cada vez que pusiera un pie en el suelo sentiría como si caminara sobre cien cuchillos afilados. Ella, aun así, aceptó.

Lo que tiene Laura en sus manos es su propia poción mágica. Gracias a ella también se transformará. Usarla podría hacerla sufrir, pero no importa. Ella, así como la sirena del cuento, está dispuesta a entregarlo todo para lograrlo. Además, tiene a su favor una carta con la que muy pocos contarían: Carmen, su mamá, es su principal cómplice.

Laura es una chica de ojos marrones claros y cabellos cortos. Piel blanca, suave, como si el sol del litoral no la tocara casi nunca. Robusta, con curvas que sus acostumbradas ropas anchas mantienen siempre disimuladas. Nada de faldas o escotes. Siempre camisas deportivas o de cuadros muy grandes. Es por costumbre juguetona, echadora de broma, con una risa que siempre aparece en forma de carcajadas y que hoy hace más bulla que nunca.

Por fin llega a su casa, en La Guaira, muy cerca del mar. Carmen la está esperando en el cuarto. Laura entra en la habitación, le entrega el pequeño recipiente y casi de inmediato se recuesta de espalda en la cama. Frente a la emoción de Laura, su mamá intenta poner seriedad al momento. “Me va a doler”. Como si fuera una enfermera experta, la señora comienza a preparar una inyectadora con el líquido que contiene la ampolla que acaba de recibir. “Tranquila que no te va a doler”. El líquido es provirón, un andrógeno, un concentrado de testosterona. “No te muevas”. La aguja entra en su piel. Felicidad, miedo, esperanza. La pócima empieza una carrera a toda velocidad por sus venas. Y Laura comienza a morir. Así tiene que ser. Ella tiene que morir para que él viva, para que Sebastián pueda vivir.

silhouette of mother kissing her daughter

 

Aunque cualquiera se hubiera confundido, su mamá entendió muy bien. Es más, de inmediato supo que era verdad. Quién sino ella la mejor testigo de lo que había estado pasando. Es que Laura nunca fue como las otras niñas. Los carritos en lugar de las muñecas, las gorras, la ropa ancha, el cabello corto. Sus gestos siempre fueron toscos, rudos, masculinos. Nunca actuados, vividos con naturalidad. Los llamados de atención en el colegio por peleas con otros chicos se repitieron muchas veces. Después vino una novia, cuando todos esperaban a un novio.

No fue fácil. Nunca lo fue en todo este tiempo. Para ninguna de las dos. Justo por eso fue que Carmen entendió cuando Laura le dijo que era un hombre. En su declaración estaba la gran explicación, la gran respuesta. Y, al final, no había más opción que apoyarla, después de todo ella era su hija. Por eso decidió ayudar cuando supo sobre el tratamiento, después de todo él era su hijo.

Toda la asistencia comenzó por Internet. Hasta el momento, ése había sido el lugar donde Laura había logrado aclarar las dudas. Fue allí donde se topó con una organización que defiende los derechos LGBT que le ofreció apoyo para su proceso de transformación.

En la organización le explicaron que el tratamiento contemplaba tres niveles. El primero, en resumen, es un proceso de asistencia psicológica: el especialista verifica la identidad de la persona (ese auto reconocimiento de su propio género), luego reúne a la familia para explicarles el caso y aprovecha para atender el tema de la autoestima y la aceptación. En el segundo nivel, se comienza a moldear la identidad sin la aplicación de hormonas, como si fuera una vasija de barro. La persona transgénero, en casos como el de Laura, debe vestirse con indumentarias masculinas, asumir rutinas propias del varón y comenzar a llamarse como quiere. Debe aparentar ser un hombre. Estos dos primeros niveles duran cerca de un año. Es en la tercera etapa cuando comienza el tratamiento hormonal. Aquí no se aparenta más. Ella comienza a ser un hombre por fuera y por dentro.

Al menos ocho países de Latinoamérica (Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Cuba, Ecuador, México y Uruguay,) garantizan programas de salud gubernamentales orientados a atender a las personas transgéneros, según reporta la Asociación Internacional de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersexuales (Ilga) y ratifica Tamara Adrián, aboga transexual y líder de la ONG venezolana DiverLex. En algunos casos, como Brasil, Argentina, Uruguay y Cuba, el Estado asume los costos del tratamiento y la operación de reasignación de sexo. Es la segunda región con más avance en la materia, después de la Unión Europea, donde todas las naciones ya adoptaron algún programa de atención. Estos gobiernos han justificado la tarea como un asunto de salud pública, además de resaltarla como una conquista reivindicativa. Pero en Venezuela el proceso es difícil, costoso y solo corre por cuenta del interesado.

Los primeros dos niveles de Laura se completaron en la mitad del tiempo esperado. El apoyo de la familia facilitó todo, lo que ayudó a que fuera también un poco más barato. El cálculo en bolívares de estos primeros seis meses llegó a más de 7 mil bolívares. Pero en el nivel tres, el escalón donde se encuentra ahora, la cuenta se complica. Dependiendo del tipo de hormona, de los medicamentos complementarios y de la cantidad de dosis, el costo puede ir de un piso de 900 bolívares hasta superar los 3.500 mensuales, sin incluir las visitas con el endocrino y el psicólogo. Esto, para una familia venezolana de clase baja, es bastante pesado de llevar.

Pero su mamá prometió ayudar y cumple. Las ampollas, las citas con los médicos, alguna pastillita extra. Todo corre por su cuenta. Laura tuvo que suspender los estudios en Turismo que había iniciado. Al momento de escoger, el tratamiento primó.. Pero el punto final de cada gasto llega siempre convertido en ese ritual especial, intimo, solo de ellas dos. Cuando el instante llega, Laura se recuesta de nuevo en la cama de su madre y ella se encarga del remedio. Siempre. “Me va a doler”… “Tranquila, que no dolerá”.

Los cambios la van alcanzando como a cualquier púber. Lo primero que ha variado ha sido la voz, que comenzó a enronquecerse a las pocas semanas. Ya han ido apareciendo algunos vellos en el rostro. La grasa corporal se ha ido moviendo de lugar y el tono muscular se ha incrementado. Eso sí: todo a cuenta gotas. Laura reseña los cambios en varios videos que ha grabado, que luego subirá a Internet y harán las veces de un diario virtual.

Ha sido fácil acostumbrar a su entorno más cercano. De alguna forma, todos en su imaginario esperaban que algún día sucediera la metamorfosis. Para ellos, Laura también siempre fue un hombre. A sus dos hermanos menores les ha costado un poco más. Pero era otro el detalle que más la inquietaba: su mamá la llamaba Laura y no es Laura.

Hasta que un día sucedió. Estaba en su cuarto descansando, mientras su mamá se encargaba de los asuntos de la casa: cocinar, limpiar por algún lado, atender la lavadora. En medio de la rutina, Carmen lanzó una pregunta casual. Dijo cualquier cosa, algo que nadie recordará luego.

–Sebastián, ¿qué hora es? –por ejemplo.

Apareció así, de repente, sin solemnidades. Su nombre, por primera vez, sonó con esa voz. Y, cuando por fin sucedió, no supo qué sentir. Asombro, incredulidad y hasta un poquito de temor. Fue muy extraño. A la sorpresa, su corazón reaccionó golpeando con fuerza. Pero nada más. No dijo nada, no hizo nada. Su mamá seguro ni se dio cuenta en el momento de lo que hizo. Salió natural, como cuando el bebé da sus primeros pasos. Por eso quizá no gritó de alegría ni armó uno de sus acostumbrados alborotos. Dicen que si hay mucho sobresalto, el bebé puede asustarse y el proceso se traumaría. Por eso calló, sonrió y celebró en silencio.

Mes y medio después de que inició el tratamiento, grabó lo siguiente:

Es evidente el cambio de voz… Me salió vello en el bigote, pero hoy me los afeité para que salgan más gruesos, más largos y más rápido… También me ha salido más vello corporal. He cambiado muchísimo, tanto física como psicológicamente. Mis conocidos dicen que tengo otra manera de pensar, todos me dicen que he cambiado muchísimo. Y eso me alegra. Ha sido un cambio para bien…

***

¿Esta cédula es suya?

–Sí, es mía…

–Pero aquí dice Laura Isabel López y usted…

–Es mi cédula…

– Pero además la firma dice Sebastián…

–Porque ése es mi nombre…

–Un momento… No entiendo… ¿Laura o Sebastián?

Sebastián quiere decir “aquel que es digno de respeto”. El santo (San Sebastián) era un soldado que servía con lealtad al emperador Diocleciano. Eso, a la vista de todos. En secreto era un ferviente cristiano, en una época donde creer era alta traición. Acabó por ser descubierto y presentado ante el emperador, quien le dio a escoger entre seguir siendo su soldado o seguir a Jesucristo. Escogió fiel a lo que sentía. Como castigo, aunque era su favorito (algunas versiones sugieren que era su amante), el emperador mandó a que lo desnudaran, lo ataran a un pilar y lanzaran una lluvia de flechas sobre él. Incontables representaciones se han hecho de esta escena. Dicen los conocedores que, junto a Cristo, ha sido el cuerpo varonil más representado en el arte. A partir del renacimiento, se comenzó a pintar con una sensualidad y una belleza impresionante. A veces, con un no tan disimulado homoerotismo y con cierto aire andrógino. La historia ha dado muchas vueltas, a tal punto que el santo es defendido hoy como el patrono de la comunidad LGBT.

Por esas cosas de la vida, Sebastián escogió llamarse como el santo al que le tocaría rezarle en caso de que quisiera ir al cielo. Pura casualidad. Nunca supo sobre la historia. Fue solo una de esas situaciones que terminan convirtiéndose en la más apropiada de las coincidencias. Un día simplemente pronunció el nombre y sintió que sonaba como él. Supo que era él. Ojalá fuera así de simple explicarle a la cajera de este banco que, aunque su cédula (el documento de identificación venezolano) diga otra cosa, él sí es Sebastián.

sirena venezolana 2

–¿Pero por qué firmas así si tu nombre es Laura?

–Yo soy Sebastián, pero mi cédula dice ese otro nombre…. Además, uno puede firmar como le da la gana, ¿no?

–Espere un momento, déjeme llamar al gerente…

Paciencia. El significado de esa palabra sí lo conoce y lo repasa todos los días. Calma para contener la rabia y la impotencia. Como cuando una basurita se mete en el ojo y se rehúsa a salir. Es como tener varios minutos intentando abrir el frasco, que los dedos se pongan rojos, y aun así no lograrlo. Es apretar las manos con fuerza para contener la frustración. Pero no es la primera vez que le sucede, y a estas alturas sabe que la única opción que le queda es explicar. Para hacer cosas tan rutinarias como éstas, debe repetir el mismo procedimiento: aclarar y rezar porque entiendan. Sobre todo esto último. Sólo porque un papelito, de 16 x 8 centímetros, dice un nombre que no es. Sebastián nada más quería sacar su dinero del banco.

Si Sebastián viviera en Argentina, Colombia o Ecuador podría cambiar el nombre de sus documentos. De hecho, lo podría hacer en la mayoría de los países de la región. Casi todos los Estados que han asumido programas de asistencia a transgéneros, también permiten por distintas vías legales la rectificación del nombre de acuerdo a la identidad de la persona. Pero Venezuela no, al menos ahora.

En una investigación de la Universidad Central de Venezuela realizada en 2007 por la abogada María Domínguez Guillén, aparece reseñada una sentencia del Juzgado Tercero de Primera Instancia en lo Civil y Mercantil del estado Zulia, que permitió a un ciudadano de nombre “Carlos Alberto” llamarse “Laura Cristina”. El procedimiento se hizo a través de la modificación de su partida de nacimiento, donde también se rectificó la mención de su sexo: de “varón” pasó a “hembra”. El documento deja en claro que se trataba de una persona “intervenida quirúrgicamente para cambiar de sexo”. ¿La fecha de la sentencia?: 9 de marzo de 1981.

Contando los casos recogidos en las investigaciones de Domínguez y otros más estudiados por cuenta propia, la abogada Tamara Adrián (líder de Diverlex) asegura que existen cerca de 150 sentencias de cambios de nombre y/o sexo dictadas en el país por la vía de rectificación de partidas de nacimiento. Venezuela era el primero en la región junto a Colombia en hacer estos cambios y uno de los primeros en el mundo. Pero todo esto fue antes de 1998.

Sebastián ya no está en el banco. Ahora espera a la orilla de la playa con unos amigos la llegada del atardecer. El momento es perfecto: ocaso, risas, bromas, tragos, viento con olor a mar. Todo bien hasta que llega un policía. “Cédulas, por favor”. Comienza el martirio.

–Ajá, ¿y qué hace tu foto en la cédula de esta mujer?

Paciencia otra vez.

–Soy yo…

–¿Un hombre que se llama Laura?

Más, mucha más paciencia.

Desde 1998, año de antesala de la primera presidencia de Hugo Chávez, no se ha dictado una medida sobre rectificación de nombre y sexo en el país. Esto, a pesar de que en 2009 se aprobó una nueva ley de registro civil que permite a la persona el cambio de su nombre bajo varias condiciones: “Cuando éste sea infamante, la someta al escarnio público, atente contra su integridad moral, honor y reputación, o no se corresponda con su género, afectando así el libre desenvolvimiento de su personalidad”. La entonces diputada chavista Iris Varela, una de las encargadas de aprobar la ley, prometió que la disposición dejaba el camino abierto para que los transgéneros pudieran cambiarse el nombre. La explicación que consigue Tamara Adrián para responder por qué entonces no se permite la rectificación es sencilla: “Intolerancia e ignorancia”.

En 2010, Adrián introdujo –con apoyo de la Defensoría del Pueblo– cuatro solicitudes de cambio de nombre sostenidos en la modificación de la ley. Una fue declarada sin lugar un año después. Las otras tres no habían sido resueltas hasta 2014, a pesar de que han pasado ya cinco años. En estos 15 años sólo se han producido dos decisiones a favor del cambio de nombre y sexo, pero ambos fallos decidieron sobre personas intersexuales (personas que nacieron con ambos sexos). A pesar de que no es el caso de un transgénero, la justificación de una de esas dos sentencias, dictada por un tribunal de Miranda en 2005 (expediente Nº 23.659), bien puede ilustrar lo que le pasa a Sebastián en este momento, cuando ya tiene media hora intentando explicarle al policía que lo que está mal es su cédula y no él.

Dice la sentencia: “La identidad como derecho a ser único e irrepetible está conformado por una parte estática (huellas, señales antropométricas, genéticas, etc.) y otra dinámica (patrimonio cultural del sujeto)…”

–Sí, mi nombre es de mujer pero…

El dictamen agrega: “…Y en efecto, si no existe correspondencia sexual entre ambas partes se ha de propiciar la adecuación, pues en definitiva el Derecho existe por y para la persona…”.

–¿Pero qué? ¿Eres hombre o mujer?

“…Los conflictos de género tocan la esfera de la identidad y la dignidad, a la vez escapan a la voluntad del sujeto, pues nadie busca un problema de esta naturaleza por su propio interés”, concluye el tribunal.

–Soy un hombre transgénero…

Luego de varios minutos más, el policía desiste y deja ir a Sebastián. Pero ya es tarde: se perdió del ocaso. Por eso es mejor no ir al banco, por eso es mejor no ir a la playa. Es que a veces la paciencia no alcanza. “Tranquila, que no va a doler”.

A los seis meses de tratamiento, Sebastián se filmó diciendo:

Hace unos meses, me explotó un acné terrible a causa de la saturación de hormonas. El doctor quiso bombardearme inyectándome una dosis semanal, para ver cómo reaccionaba mi organismo. Pero me explotó un acné terrible en mi rostro, cuello, hombros, pecho, espalda y un poco en los brazos. Era tan terrible que el doctor me mandó a tomar hormonas femeninas… Resulta que el poco vello que ya tenía en el área de la barba desapareció por completo… Me sentí súper mal… Después de tres meses fue que retomé el tratamiento, pero luego vino otra mala noticia: me vino la menstruación. Casi me muero. Me duró una semana. Primera vez en toda mi vida que me dura tanto. Eso me deprimió mucho, pero creo que debo estar tranquilo. Creo que por el cambio de mi físico y de mi voz he estado más seguro de mí mismo, y la seguridad que siente uno la proyecta hacia los demás y hace que los demás se sientan seguros contigo. Mi familia está súper más tranquila. Creo que todo en mi vida se está encaminando y va por el camino que tiene que ser…

***

El anuncio perfecto diría: “Se solicita persona para atender la barra. No importa sexo ni identidad de género. Beneficio y respeto garantizado”. La reacción perfecta sería: “Tranquilo, no nos importa lo que diga la cédula. No dudamos de tu competencia para el cargo. Nosotros entendemos…”. Pero Sebastián pide demasiado. Las cosas no funcionan así por estos lados.

Así es que funcionan las cosas. Paso 1: Sebastián necesita dinero para costear el tratamiento y ayudar a su mamá. Paso 2: Envía y reenvía su currículo a cuanta dirección existe donde soliciten asistente de oficina o ayudante en una tienda. Paso 3: Es muy probable que respondan, por lo que se acuerda una entrevista y Sebastián se emociona. Paso 4: Llega el día de la entrevista: “Ah, ¿pero tú eres Laura?”, “Pensábamos que usted era mujer”, “Nunca habíamos tenido un caso así”, “Debo consultarlo con mi superior”, “Nosotros lo llamamos”. Paso 5: Nunca llamarán. Debe volver al paso 1 y repetir el procedimiento hasta el cansancio.

Tantas veces lo ha intentado Sebastián, que ya lo han llamado en tres ocasiones de la misma empresa por el mismo cargo. Se trata de un call center. Todo bien hasta el paso 4. Por alguna razón, los encargados creen que ser transgénero puede impedir atender bien las llamadas. Siempre son las mismas excusas.

El Reglamento de la Ley Orgánica del Trabajo (aprobada en 1994) fue la primera norma en incluir una prohibición expresa sobre la discriminación basada en la preferencia sexual (artículo 8, letra E). En la nueva Ley Orgánica del Trabajo, promulgada en 2012, se repitió esta prohibición en el artículo 21. Pero ninguno de los apartados incluye una mención sobre la identidad o expresión de género.

Las únicas tres leyes venezolanas que prohíben la discriminación contra transgéneros con todas sus letras son: la Ley para la Regularización y Control de los Arrendamientos de Vivienda (artículo 8), la Ley de Instituciones del Sector Bancario (artículo 173, numeral 6) y la Ley del Poder Popular (artículo 4). Esta última protege a este colectivo de cualquier trato “que tenga por resultado anular o menoscabar el reconocimiento, goce o ejercicio de los derechos humanos y garantías constitucionales”. En total, son estas cuatro leyes (sin contar el Reglamento de la Ley del Trabajo) las que prohíben la discriminación por orientación sexual o identidad de género en el país. Pero esto no ha ayudado a Sebastián a conseguir trabajo. Él opina que, quizá, pudieran ser un poco más específicos. Tan específicos, por ejemplo, que digan allí que tiene derecho a trabajar en un call center. Le gustaría también que hubiera algo que diga cómo tiene que hacer para sacar su dinero del banco sin problemas, o cómo defenderse para poder ver el ocaso sin interrupciones, o por lo menos que dejen en claro que tiene derecho a ir al baño en paz.

Sebastián mira su rostro en el espejo mientras se lava las manos. Vino esta tarde con un grupo de amigos a recorrer tiendas en El Recreo, un conocido centro comercial de Caracas. Se alejó de ellos sólo un momento para ir al baño. No deja de mirarse en el espejo. Mientras estruja sus manos, revisa con cuidado esos detalles en su cara. Los mira también en su cuerpo. Y lo reconoce: ella sigue allí. Aunque ya son varios meses desde que comenzó el tratamiento, aunque su voz es gruesa y algunas mañanas debe afeitarse, todavía hay algo de Laura en él. La sigue viendo y los demás también. Lo sabe cuando escucha los murmullos o cuando lo miran frunciendo la frente. Como ese señor, que salió hace un rato del baño extrañado. El mismo que ahora entra, en este momento, acompañado de un funcionario de seguridad.

sirena venezolana 3

–Disculpe, usted no puede estar en este baño.

El señalamiento lo desubica. Ahora es Sebastián quien arruga el ceño.

–¿Cómo que no puedo estar aquí?

–Éste es el baño de hombres y no puede estar aquí –ordena el funcionario, como quien aclara una obviedad.

– Disculpe, creo que me está faltando el respeto, yo soy un hombre…

–Debe salir del baño en este momento…

–De verdad, es una falta de respeto…

–Salga.

Y a Sebastián (“aquél que es digno de respeto”) no le queda más remedio que salir. El frasco tapado, la basurita en el ojo.

Ya tengo un año y un mes en hormonación. Mi voz y mi cuerpo todavía siguen cambiando. Los brazos, por ejemplo, tienen el tono muscular más definido. Mi pecho (los senos) ha disminuido considerablemente, son cada vez más piel, más pellejo… Tengo más vello en el bigote. En las piernas tengo muchísimo y en los dedos de los pies también. Todavía, a veces, no es seguido, pero aún me viene la menstruación. Eso me obstina. Me dura sólo cuatro días, pero eso para un hombre es demasiado… Lo peor es que he tenido muchos problemas para conseguir empleo. En mi país, esto es muy difícil. Mi nombre legal no corresponde a mi físico y parece que esto es algo para lo que los venezolanos no están preparados. Es súper difícil. Aunque te sientas bien, siempre hay algo en lo más profundo que hace que te deprimas y caigas. Gracias a dios tengo a mi novia a mi lado. Cuando caigo, cuando siento discriminación, cuando me niegan un empleo, ella es quien me da las fuerzas para seguir, ella y mi madre… Me encanta mi tono de voz, y eso me hace feliz… Pero no poder hacer que la gente entienda que no soy una clase de loco o un enfermo, me pone triste… No poder hacerles entender que necesito el empleo…

***

El primer video que subió Sebastián a Internet (al portal web Youtube) fue grabado el 28 de mayo de 2009. Aparece sólo con una gorra roja puesta. Su torso está desnudo. Para entonces, nada de esto había sucedido. Era todavía Laura.

Hoy es un día como muchos… Como ven, no tengo franela… En este momento, estoy deprimido… Estoy deprimido porque al ver mi cuerpo ante el espejo me siento desorientado… Me siento mal de ver que mi anatomía no es la que yo quiero, la que yo espero ver, la que yo necesito. Estoy a una semana, ocho días exactamente, de mi cita con el endocrino, quien me está ayudando para iniciar mi proceso de transformación. Siento que estoy cada vez más cerca. Y, al mismo tiempo, siento cada vez más miedo, incertidumbre de no saber qué va a pasar, si de verdad va a funcionar. Cuando ya tienes tantos años soñando con esto, cuando lo vez tan cerca de realizar, uno como que lo duda, dudas si esto es de verdad. Llegas incluso a dudar de si lo necesitas… Pero al verte en el espejo, ves a alguien que no eres tú… Y es eso lo que me hace seguir este proceso. Tengo muchos miedos, muchas dudas. No sé si vaya a funcionar. Pero de lo que no tengo miedo ni dudas es sobre lo que soy y sobre quién soy. Sinceramente, no me siento transexual. No. Yo soy un hombre.

Ya se hizo tarde. Sebastián debe arreglarse rápido si quiere llegar a tiempo al trabajo. Después de tanto insistir, por fin encontró empleo. Lo ha conseguido varias veces en este tiempo. Nunca le dieron el trabajo en elcall center, pero logró en un par de ocasiones ser ayudante en una tienda. La tarea que más ha repetido ha sido la de vigilante, y a eso se dedica actualmente. No tiene todos los beneficios que por ley les corresponden a todos los trabajadores. “Pero mejor no te quejes, te estamos haciendo un favor”, fue el mensaje que le dieron. Él aceptó. Mejor eso que nada. Además, llegó a un acuerdo con su jefe: “No le digas a nadie sobre tu asunto y listo”. Perfecto, porque si nadie revisa su cédula ya nadie sospecha. Las hormonas han hecho bien su trabajo. Ya han pasado más de tres años desde que hizo aquel primer video.

Rápido, primero el pantalón.

Sigue viviendo en La Guaira, con Carmen, su mamá, quien le continúa colocando las inyecciones. El tratamiento de un transgénero es de por vida.

Camisa.

Hay posibilidad de una operación de reasignación de sexo (para cambiar sus genitales), pero habrá que esperar.

Botones.

Lo sacaron algunas veces más de otros baños públicos, pero ya no ha vuelto a suceder. Mientras más avanzó el tratamiento, la ambigüedad de su físico se fue borrando. Así que dejó de incomodar.

Medias y zapatos.

Su cédula sigue estando equivocada, por eso sigue repitiendo la misma charla con los agentes del banco o con la policía. La estrategia es la misma: paciencia para explicar. No queda de otra.

Termina por amarrar los cordones del zapato, ajusta la correa y corre hacia el espejo.

Comienza el juicio de nuevo, el mismo que se repitió todos los días delante de este espejo. Evalúa con mucho cuidado. Busca pistas, algún indicio, algún detalle. No se detiene en el rostro, baja a todo su cuerpo. Mira de arriba a abajo, luego de abajo a arriba. Escanea todo con su mirada. No encuentra nada. Se aleja un poco del espejo y repite el proceso de nuevo. Su cabello, su quijada, su pecho, sus brazos. De arriba a abajo, de abajo a arriba. Y nada, no la encuentra. Ya no más. Es cierto, al fin se ha ido. Laura ha desaparecido. Y lo piensa, no sólo lo piensa, lo dice: “Ya soy yo, él soy yo”. Una vez más, sonríe y celebra en silencio.

La pócima ha funcionado.

(*)  Periodista egresado de la Universidad Central de Venezuela. Ha publicado para los diarios venezolanos El Nacional, El Tiempo, Últimas Noticias y El Mundo Economía & Negocios. También ha colaborado para las revistas Zeta (Venezuela), Marcapasos (Venezuela) y Diario Las Américas (Estados Unidos). Es estudiante de la maestría en Comunicación y Derechos Humanos de la Universidad Nacional de La Plata (Argentina).

**El nombre legal de Sebastián fue modificado en este texto a petición de las partes involucradas

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